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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 mayo 2013

Artículos de Opinión

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La Constitución que padecemos desde 1978 ha demostrado ser inviable dándonos cumplida razón a los que tuvimos el honor en su día de votarla negativamente con todo el corazón. Por supuesto su radical fallo estribó en desnaturalizar España al prescindir de su confesionalidad a la que debía su cohesión y razón de ser, según palabras de Menéndez Pelayo.
El segundo error fue la creación de las autonomías, germen de desunión política que más tarde se acrecentó con nuevas y más peligrosas ediciones de estatutos. Por otra parte económicamente eran, como se ha demostrado, una verdadera bomba de relojería como ahora estamos experimentando.
También tienen su origen en ella la partitocracia y la sindicatocracia que nos afligen. Y remacharon el descalabro la generosa dotación económica con la que se favoreció a partidos y sindicatos cuando la más elemental lógica mandaba que se los sufragasen aquellos quienes tuviesen el mal gusto de mirarlos con agrado.
¿Tiene todo eso remedio? Todo puede ser si Dios lo quiere, pero desde luego es tarea difícil (si estuviera a la moda tendría que decir que es «complicada»).

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