Con Gregorio Peces-Barba, fallecido ayer a los 74 años, ha desaparecido uno de los referentes intelectuales de la Transición española, cuyo espíritu totalizador y humanista contribuyó a crear. Este hombre completo, como diría Ortega, fue luchador antifranquista y uno de los siete padres de la Constitución española de 1978, la gran síntesis de las diversas sensibilidades que confluían en el anhelo democrático de aquella hora. Contribuyó además decisivamente al rodaje del Parlamento desde la presidencia de las Cortes y, catedrático de Filosofía del Derecho, optó después por la docencia: fundó, puso en pie y dirigió la Universidad Carlos III, la gran institución cultural del Sur obrero de Madrid, como él la llamaba. Peces-Barba, un personaje de proverbial bonhomía, cristiano crítico -su tesis doctoral versó sobre el filósofo Maritain-, socialista conspicuo de la escuela de Prieto y de González, tuvo gran influencia intelectual en los distintos desarrollos del sistema democrático. Cargado de prestigio y de cultura, su voz se ha escuchado siempre con respeto. Por eso hoy, en este erial político, su ausencia se vuelve si cabe todavía más dolorosa. Y se convierte en el ejemplo de las futuras generaciones.
















