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RSS | ed. impresa | Regístrate | Sábado, 26 mayo 2012

Artículos de Opinión

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Fue en la etapa de Eduardo Zaplana -que parece tan lejana pero está muy presente- cuando se acuñaron los términos de «la tierra de las oportunidades» para referirse a la Comunitat Valenciana como un lugar de negocio fácil y de enriquecimiento seguro, y posteriormente el de «el poder valenciano» para alardear de una supuesta influencia en Madrid que posteriormente se trasladaría a la región. Se iniciaba así una época dominada por la grandilocuencia, por el mensaje populista, el de somos los mejores, los números uno en crecimiento, en turismo, en grandes eventos, en campos de golf (la mayoría se quedaron en proyectos), en parques de atracciones, en ciudades de la luz, de las ciencias, de las lenguas... El discurso fue pasando de mano en mano y llegó al culmen cuando Francisco Camps dijo aquello de que seríamos los primeros en salir de la crisis... Hasta en eso íbamos a liderar, qué felicidad. Ahora lo cierto es que seguimos liderando, en número de parados o en deuda de la Generalitat, por no hablar del porcentaje de fracaso escolar o del incremento del número de casos de sífilis. Es verdad, sí, seguimos estando en cabeza.
Qué pena, podíamos haber construido un valencianismo distinto, pero preferimos gastar el tiempo en lo que mejor sabemos hacer, fuegos de artificio, luz y sonido espectacular durante unos minutos pero que al cabo de unos segundos se desvanece sin dejar huella. Sólo humo. Nos perseguía la maldición del 'meninfotisme', del me da todo igual, pero quisimos superar nuestro histórico handicap a golpe de talonario, o, mejor dicho, de crédito, cuando no teníamos posibilidad de devolverlo. Una vez más, el fútbol ejemplifica lo ocurrido: mientras el Valencia CF trabajó modestamente, se equiparó y hasta superó al Madrid y al Barça; cuando intentó competir en los despachos, en los presupuestos y en proyectos megalomaníacos, se arruinó.
Lo del enemigo exterior ya no nos vale. El peligro catalán se desvanece. Ni a Mas, ni a Eliseu, ni a Carod-Rovira les podemos echar las culpas del Banco de Valencia, de la CAM, de Bancaja, ni tampoco las de Gürtel, Brugal o la depuradora de Pinedo. Deberíamos hacérnoslo mirar, deberíamos tener la suficiente capacidad de autocrítica para poder empezar de cero y no volver a cometer en un futuro los mismos errores. El fracaso del Banco de Valencia es, desde luego, el de sus gestores y el de los políticos que los nombraron, un fracaso perpetrado en los últimos veinte años. Pero lo es también de la sociedad valenciana, de una sociedad civil desestructurada y de una burguesía valenciana que ahora llora lo que no supo defender.

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