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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 8 febrero 2012

Artículos de Opinión

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El torero valenciano Vicente Barrera critica en este artículo la decisión del Parlament de Cataluña de prohibir las corridas de toros y destaca como especialmente negativa la actitud de Montilla, que, como Pilatos, se lava las manos

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El gobierno nacional socialista presidido por el señor Montilla ha dado un paso más en el recorte de libertades, en su decidida determinación de no verse vinculado por las leyes, y mucho menos cuando estas emanan de la ahora denostada Constitución Española, y por romper definitivamente todo lazo de unión que les pueda unir al resto de los españoles.
A todos nos queda claro que, si esta tradición y cultura fuese una tradición y cultura exclusivamente catalanas, personajes tan amantes de su tierra, como por ejemplo el señor Carod-Rovira, serían furibundos taurinos donde cada domingo y con clavel reventón en la solapa acudirían a la monumental de Barcelona y presumirían de «la nostra cultura dels bous» y de «la nostra festa» y donde ensalzarían el taurinismo histórico de personajes como Dalí, Miró, Lluís Companys, Barceló, Boadella o un sinfín de políticos, artistas e intelectuales catalanes que a lo largo de la historia han comprendido y amado la fiesta de los toros.
Cuando más arriba hablaba de la Constitución Española lo hacía conscientemente.
El Estado español ha concedido en innumerables ocasiones en estos últimos tiempos la medalla de las Bellas Artes a un sinfín de toreros, reconociendo así su labor artística. Se debe entender entonces la última decisión por parte del totalitarismo catalán como de inconstitucional pues nuestra Carta Magna en su artículo 20 es clara al reconocer y proteger el derecho a la producción y creación artística. Es, por tanto, esta decisión de los políticos catalanes una decisión que va contra los más elementales derechos de libertad artística que atropella no solo el derecho de los artistas vinculados a la actividad taurina sino también al derecho de los espectadores a acceder a presenciar una expresión cultural.
El señor Montilla como en tantos otros temas una vez más ha dejado corto a Pilatos y lavándose las manos se ha dejado avasallar y amilanar por el nacionalismo radical al que debe su sillón. El totalitarismo más radical campa a sus anchas en Cataluña y Montilla se pliega a sus deseos con tal de no ser desalojado del poder. Da pena ver desde la barrera de la ciudadanía cómo partidos como el socialista que supuestamente tienen una vocación nacional opinan blanco en una región de España para defender lo negro en otra, como defienden en este caso la fiesta en Andalucía y lavándose las manos la dejan a su suerte en Cataluña. Hay que recordar que los socialistas catalanes tienen 37 parlamentarios en el Parlamento catalán y que, si en su ejercicio de responsabilidad el señor Montilla se hubiese opuesto a la sinrazón y al odio exacerbado a todo lo que los totalitarios nacionalistas consideran español y hubiese impuesto en su partido la unidad de voto, el holocausto cultural al que hemos asistido no hubiese podido materializarse.
Es por eso que al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios. Los nacionalistas e independentistas nunca han ocultado sus intenciones, no juegan a confundir, siempre han expresado su odio exacerbado a España y a todo lo que huela a español, yo a ellos ni un reproche, salvo su incultura y la traición a su propia historia y tradición. Pero desde aquí yo acuso al señor Montilla de haber provocado el mayor ataque a la libertad artística que ha conocido este país desde los tiempos de la transición democrática.
Es un aviso a navegantes, al ciudadano de a pie, al que se equivoca en una actuación como en su declaración de hacienda y le crucifican mientras que los poderes públicos pueden retorcer, cambiar, saltarse y acomodar las leyes a su conveniencia sin que nadie pueda rechistarles.
Pilatos firmó una sentencia a muerte a sabiendas de su injusticia y lavándose las manos mantuvo el poder en Judea; de la misma forma ha actuado este nuevo Pilatos del siglo XXI, llamado Montilla, donde no le ha importado una vez más lavarse las manos y crucificar a un inocente con tal de preservar su poder en su recién estrenada nación catalana. El único consuelo que nos asiste a los amantes de la libertad es que la historia juzgará a estos dos traidores con la misma severidad.

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