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RSS | ed. impresa | Regístrate | Jueves, 9 febrero 2012

Opinión

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Es cierto que casi todos los liberales que escribimos, sean profesionales como Víctor Gago, a quien reitero desde aquí mi afecto y apoyo, sean simples y humildes aficionados, como yo, hemos sido muy críticos con el PP y no sólo con los socialistas, como los peperos piensan que es "nuestra obligación". Se olvidan de que los liberales somos eso, liberales, y que no nos casamos fácilmente con nadie. Nos casamos con quien nos quiere y con quien queremos. Y nos desapegamos de quien pensamos que se lo merece. Tenemos la rara costumbre de ser y hablar en libertad.

Pero las señorías y señoríos del PP no se dan cuenta, o no quieren hacerlo, de cuáles son nuestros motivos. Quizá hable por casi todos, o muchos, si afirmo que nuestras diatribas contra los populares parten de un afecto no correspondido y de una esperanza defraudada. El PP, sin haber sido nunca perfecto, era o pudo ser "nuestro partido", el portador de los ideales y principios liberales, conservadores y, por qué no decirlo, cristianos. Somos muchos millones de españoles los que les hemos apoyado durante décadas pensando que ellos defenderían nuestros valores. No ha sido así, ahora menos que nunca. Nos han dejado huérfanos de un partido mayoritario que nos represente. Han traicionado nuestras esperanzas y nuestra confianza, por eso estamos tan cabreados. Les criticamos porque les queremos, o porque queremos quererles, porque les necesitamos. Nos metemos con ellos para tratar de hacerles reaccionar, para corregirles, para tratar de que retornen a la coherencia con su proyecto liberal fundacional, para intentar que ocupen ese espacio político absolutamente indispensable que están abandonando a la carrera.

Aunque ellos jamás lo reconocerán, no somos sus enemigos, sino sus mejores amigos. Sólo te aprecia de verdad quien te amonesta. Nuestro empeño es que se aperciban de sus errores, que se den cuenta de que corren a tumba abierta hacia su descalabro, que se enteren de que se están haciendo cada vez más prescindibles, que recuerden quiénes somos sus votantes y que vamos a dejar de serlo si continúan olvidándonos, que abandonen la política de mercado y vuelvan a la política de principios, que pierdan sus complejos y que sean quienes nos dijeron que iban a ser.

Pero no reaccionan. No quieren hacerlo. Se han pasado con armas y bagajes al mercadeo electoral y al nefasto criterio de lo políticamente correcto. Dan por seguro el voto conservador, liberal y cristiano y van a la caza del voto de la izquierda descontenta. Se equivocan en ambas cosas. Ni los votantes de derecha y centro derecha somos estúpidos y eternos cautivos del voto útil contra el PSOE, ni la gente de izquierdas se fía un pelo de tan sospechoso cambio de chaqueta. Se van a quedar sin los unos y sin los otros, es decir, sin nada más que sus militantes y no todos.

Han centrado sus esperanzas de poder en su supuesta mejor capacidad para superar la crisis económica que nos embarga, dejando entrever el pobre concepto que tienen del pueblo español y su desconocimiento de la astucia del PSOE. Creen que a los ciudadanos sólo nos interesa el bienestar material, lo cual no sólo es falso, sino también insultante. Y ahora que Zapatero y Solbes se han puesto a adoptar medidas al más descarado estilo capitalista, Rajoy se ha quedado pasmado y sin saber qué decir. Su discurso oscila entre el "nos han robado las ideas" y la defensa de las mismas tesis socialistas que el PSOE ha dejado aparcadas.

En fin, más mal que bien, a juzgar por el caso que nos han hecho, hemos intentado ayudarles a ellos y ayudarnos a nosotros con nuestras críticas, a veces corteses y otras veces menos, que no han querido escuchar de ninguna forma, encerrados en su necio orgullo y en su desesperada y desacertada partida de caza de papeletas electorales. Se han dedicado a ignorar los mensajes y a matar a los mensajeros. La gaviota se ha convertido en gavilán. Quizá la culpa sea nuestra en parte, por no haber sabido convencerles de nada, ni por las buenas ni por las malas. Espero que las urnas hablen mejor que nosotros.

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