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RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 27 mayo 2012

Opinión

arsénico por diversión

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Resulta asombroso que, en un mundo absolutamente descreído donde cada día aumenta el número de ateos, agnósticos o personas que no aceptan aquello que se sale de la razón humana, todavía creamos en la suerte.

Una explicación puede ser, quizás, que la lotería no requiere una mente, una intención o un programa definido mientras que la existencia de un dios que haya indicado un camino de salvación implica una voluntariedad, la existencia de un ser más allá de nuestra realidad que, sin embargo, se vincula con nosotros. Así, nos parece más probable que exista la casualidad que la providencia, el azar que la predestinación.

Siendo ambas difícilmente encajables en un esquema meramente racional, vemos más lógica la proximidad de un número entre miles que la posibilidad de que haya una realidad más allá de la apariencia. Sabemos que el número está ahí pero no terminamos de creer que esté un Ser Supremo.

Preferimos lo aleatorio aunque se escape a nuestro control, pues la actuación divina tampoco está en nuestras manos pero tiene relación con nuestra actitud y, sobre todo, tiene unas exigencias que no tiene el azar. El azar solo obliga a creer en él aun con la demostración de ser una constante oportunidad perdida. En cambio, la fe en Dios impone un modo de vida exigente. Lo curioso es que en este caso existen incluso más evidencias de buenos resultados que con la compra anual de lotería. O, al menos, eso pensamos quienes creemos en un Dios personal y misericordioso.

Creer en la suerte significa comprar un décimo con el convencimiento de que "este año nos va a tocar". La repetición del fracaso cada 22 de diciembre y la constatación de que es verdad ese refrán valenciano que dice que "qui juga per necessitat, perd per obligació" no reduce nuestra fe. Simplemente concluimos diciendo "el año que viene será". ¡Seguimos creyendo en la posibilidad de que nos toque!

Bien es cierto que los medios de comunicación nos acercan, cada año, la estampa de personas que pueden demostrar la existencia de la suerte aunque esta sea intangible. En cambio es mucho menos común que nos muestren cómo otras se han encontrado con ese Dios en el que creen. Y eso que la vida de estas últimas se transforma más que la de los nuevos millonarios. Y, en general, suele ser más feliz.

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