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RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 27 mayo 2012

Valencia

carta semanal del arzobispo

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Es urgente humanizar la sociedad
La deshumanización de la sociedad actual supone uno de los grandes retrocesos de la historia. A muchos puede sonar a redundancia hablar de "persona humana", pero con esta expresión se trata de subrayar la dimensión humana de la persona. La persona humana es la protagonista de la vida social. El verdadero desarrollo nace con la aportación personal de los seres humanos. Cuando se pone el centro del progreso en sujetos abstractos e inconcretos como "la humanidad", "la colectividad" o incluso el "Estado", se comete un grave error, pues se acaba olvidando la grandeza única e irrepetible de cada ser humano, que los cristianos proclamamos en toda su intensidad al recordar que cada uno es "imagen y semejanza de Dios".

La Iglesia no sólo es consciente de esa centralidad de la persona para el desarrollo, sino que expresa su misión evangelizadora con su compromiso por la dignidad de todos los seres humanos. La insistencia del Magisterio al proponer esta doctrina como fuente inspiradora del apostolado y de la recta acción social nace de una doble convicción: se trata de un extraordinario instrumento formativo que es plenamente adecuado para que las personas vivan y actúen según su dignidad.

La plena iniciación al cristianismo debe incluir la acción del ser humano por su liberación integral, la búsqueda de una sociedad más solidaria y fraterna y la construcción de la paz. La enseñanza de la Doctrina Social no se agota en sus temas o contenidos intelectuales, sino que se orienta a motivar la acción para evangelizar y humanizar las realidades temporales. Se trata de difundir un saber teórico-práctico que sostiene el compromiso de transformación de la vida social para hacerla cada vez más conforme al diseño divino.

La Doctrina Social de la Iglesia va más allá del concepto "ciudadano" de un territorio o de una comunidad política concreta. La universalidad del catolicismo trasciende los límites geográficos y temporales para que las personas juzguen las cosas con criterio propio a la luz de la verdad, ordenen sus actividades con sentido de responsabilidad y se esfuercen por secundar lo verdadero y lo justo asociando su acción a la de los demás.

El testimonio del cristianismo fielmente vivido es un valor formativo extraordinario para que se capte el sentido de la Doctrina Social de la Iglesia. Señalaba a este respecto el siervo de Dios Juan Pablo II, que la vida de santidad, que resplandece en tantos miembros del pueblo de Dios, constituye el camino más simple y fascinante para percibir la belleza de la verdad, la fuerza liberadora del amor de Dios y el valor de la felicidad incondicionada a todas las exigencias de la ley del Señor.

La formación en la Doctrina Social de la Iglesia nunca está del todo concluida. Más bien, tiene el formato de formación continua, a lo largo de toda la vida. Va unida a un compromiso en la vida civil, que es propio de los seglares, a quienes corresponde penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que viven.

La Doctrina Social de la Iglesia capacita en primer lugar a los cristianos laicos para encauzar eficazmente la tarea cotidiana en los ámbitos culturales, sociales, económicos y políticos, desarrollando en ellos el sentido de orientar sus esfuerzos al servicio del bien común. Ningún cristiano, ninguna persona de buena voluntad, debe permanecer ajeno al compromiso por hacer la vida más humana.

Además, la Doctrina Social de la Iglesia forma de una manera más específica la conciencia para preparar a los cristianos laicos al ejercicio del servicio a la comunidad también desde lugares de responsabilidad pública. Es perfectamente compatible ser un verdadero político y un verdadero católico.

Todas las instituciones educativas católicas deben tener presente que la Doctrina Social es un instrumento necesario para cumplir su misión. Profundizar en sus contenidos y acciones hace más eficaz la educación cristiana en el amor, la justicia y la paz, y favorece la maduración de la conciencia de los deberes morales y sociales.

Humanizar la sociedad es urgente. Desde la escuela hasta la universidad es imprescindible prestar el servicio formativo de transmitir el mensaje cristiano, de promover el encuentro entre el Evangelio y los distintos saberes para una mejor promoción de la dignidad de la persona humana. Es una tarea urgente para reconstruir nuestra sociedad.

Con mi bendición y afecto.

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