Aclarado el equívoco sobre Pascal Henry, el gourmet suizo que se esfumó en Roses (Gerona) el pasado 12 de junio. Tras cenar en El Bulli, abandonó el local con una excusa tonta y sin abonar la cuenta. La Interpol asegura que Henry ha sido visto en su país sacando dinero de los cajeros automáticos.
Final feliz para una extraña historia.O semifeliz, porque marcharse de un restaurante sin pagar está feo. Pero es mucho mejor que se trate de un caso de picaresca que de un asunto criminal o un accidente.
Aclarada dulcemente la situación, resulta oportuno hacer algún apunte crítico. Desconcierta bastante que alguien quiera comer en tan sólo 60 días en los 68 restaurantes de todo el mundo que poseen las 3 estrellas Michelín. Ese maratón gastronómico es una barbaridad.
Un menú largo y estrecho en un restaurante de alta cocina no es algo leve, no es una actividad comparable con la de subir a un ascensor o comprar el pan cada mañana. El reto intelectual y sensual es mayor. Si se mecaniza la exquisitez, entonces es que todo está confundido.
No se pueden ver 400 cuadros de Tàpies en dos mañanas (y no creo que sea saludable tanto empacho). Revisar la filmografía completa de Ford o Godard, tan extensas, y la del segundo tan arisca, no es tarea que pueda atenderse en tres semanas, por mucha sesión continua que le eches. Se necesita más tiempo para digerir lo que ves. Las pausas son imprescindibles. En caso contrario se solapan unas imágenes con otras.
Si uno se enamora todos los meses es que no se ha enamorado nunca de verdad. Enamorarse es hermoso, pero aturde. El amor pasional conlleva desgaste psicológico. Disfrutas pero estás en tensión. Con la alta cocina pasa lo mismo. Los gourmets en serie pierden perspectiva y acaban confundiendo el rape con la ventresca de atún.
Otra cosa cuestionable es que Henry, que pensaba escribir un libro con sus visitas a los 3 estrellas Michelín, estuviese avalado por el gran cocinero francés Paul Bocuse, que remitía faxes a cada uno de los restaurantes solicitando un trato deferencial para el gourmet suizo.
Al crítico no hay que servirle lo mejor, hay que tratarlo como al resto de clientes. Un igual entre iguales. Y que luego relate fidedignamente qué tal se come en ese restaurante, sin basarse en unas atenciones que los demás no han tenido. Eso sería hacer trampa. Una trampa que, por cierto, se comete a menudo.
Final feliz para una extraña historia.O semifeliz, porque marcharse de un restaurante sin pagar está feo. Pero es mucho mejor que se trate de un caso de picaresca que de un asunto criminal o un accidente.
Aclarada dulcemente la situación, resulta oportuno hacer algún apunte crítico. Desconcierta bastante que alguien quiera comer en tan sólo 60 días en los 68 restaurantes de todo el mundo que poseen las 3 estrellas Michelín. Ese maratón gastronómico es una barbaridad.
Un menú largo y estrecho en un restaurante de alta cocina no es algo leve, no es una actividad comparable con la de subir a un ascensor o comprar el pan cada mañana. El reto intelectual y sensual es mayor. Si se mecaniza la exquisitez, entonces es que todo está confundido.
No se pueden ver 400 cuadros de Tàpies en dos mañanas (y no creo que sea saludable tanto empacho). Revisar la filmografía completa de Ford o Godard, tan extensas, y la del segundo tan arisca, no es tarea que pueda atenderse en tres semanas, por mucha sesión continua que le eches. Se necesita más tiempo para digerir lo que ves. Las pausas son imprescindibles. En caso contrario se solapan unas imágenes con otras.
Si uno se enamora todos los meses es que no se ha enamorado nunca de verdad. Enamorarse es hermoso, pero aturde. El amor pasional conlleva desgaste psicológico. Disfrutas pero estás en tensión. Con la alta cocina pasa lo mismo. Los gourmets en serie pierden perspectiva y acaban confundiendo el rape con la ventresca de atún.
Otra cosa cuestionable es que Henry, que pensaba escribir un libro con sus visitas a los 3 estrellas Michelín, estuviese avalado por el gran cocinero francés Paul Bocuse, que remitía faxes a cada uno de los restaurantes solicitando un trato deferencial para el gourmet suizo.
Al crítico no hay que servirle lo mejor, hay que tratarlo como al resto de clientes. Un igual entre iguales. Y que luego relate fidedignamente qué tal se come en ese restaurante, sin basarse en unas atenciones que los demás no han tenido. Eso sería hacer trampa. Una trampa que, por cierto, se comete a menudo.




