En agosto se ha emitido una noticia, vía Reuters, que nos habla de una tatarabuela australiana de 94 años, que dejó de estudiar a los doce y que se ha convertido en la persona de más edad en obtener un titulo universitario de máster. Un récord doble, claro; la edad por llegar a ella y luego el máster. Se dice que es mayor la voluntad y el éxito de quienes acceden a la Universidad más allá de los 25 años que de quienes acceden a la edad prevista por el sistema.
¿Dónde está la clave? ¿En el interés real por saber? ¿En la necesidad íntima de mejorar su situación sociolaboral?
Siempre habrá quienes piensen que le han reglado el título por su vejez testimonial aunque yo creo que no, porque la Universidad de Adelaida es prestigiosa y firme. ¿Somos nosotros así?
Hace dos semanas se publicó un artículo, uno más, acerca de la enfermedad endémica de la universidad española que parece ser un reducto inexpugnable que deja muchas veces los méritos en la cuneta a favor de tribunales de amigos para conseguir la cátedra, un decir.
Parece de interés el asunto de la abuela australiana y no solo por la edad y las circunstancias, sino por le hecho de poder convertirse en un paradigma para quienes estos días están en vísperas de iniciar una carrera o de culminar aquella asignatura que se quedó para septiembre.
Cuando uno oye las quejas que suelen acompañar a un suspenso y atiende a los padres que siempre creen, en general, que detrás de un fracaso está siempre la culpa del otro que –¡oh!– suele coincidir con la figura del profesor, cabría preguntarse si en el fondo el individuo que aspira a aprobar realmente lo merece o se le aprueba para evitarles problemas a unos y a otros.
Lo cierto es que los datos alertan sobre una perdida de conocimientos esenciales y a una relajación del sistema que se ha vuelto más permisivo y que cree que de esta forma se genera un mayor grado de felicidad colectiva.
¿Será por eso que los últimos estudios sobre la felicidad dan como resultado el que los españoles son más felices de lo que les correspondería por nivel de renta?
Claro que el estudio, el de la felicidad, es anterior a la debacle de las hipotecas americanas, esas que no tienen proyección aquí, aunque ya hayan costado más de 18.000 millones de euros.
Veo fotos y leo a Solbes y a Rodríguez Z y los veo tan felices, tan contentos y eso me recuerda a mi pobre madre que, cuando oía que tal o cual ministro decía que no iba a subir el gas o la harina, me mandaba enseguida a por pan. Me voy a estudiar. Buenos días.