Jueves, 6 de septiembre de 2007
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TRIBUNA
Alumnos inesperados
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Con la llegada de septiembre todo un sector de la sociedad que estaba en letargo comienza a desperezarse. Se abren los colegios, los institutos, las universidades, retoman su actividad las residencias, los colegios mayores, se ponen en marcha los pisos de estudiantes... Hay que dejar atrás el verano, volver a casa, realizar lo que se había pensado, elegido y programado, gastar dinero. Los niños y los jóvenes son durante una temporada los principales protagonistas de la familia. En la sociedad este es un acontecimiento importante, un tema habitual de los noticiarios.

Los aspirantes a ser hombres y mujeres necesitan integrarse en la sociedad, entrar en la vida, y para ello tienen que aprender muchas cosas, teóricas y prácticas. ¿Qué familia no se preocupa de preparar a sus hijos para que mañana puedan ocupar un puesto en la sociedad, tengan una profesión con que ganarse la vida, consigan una situación social, se creen su propia personalidad? La familia, la escuela y otras instituciones sociales se encargarán de ello.

No obstante, los que así comienzan a vivir tendrán que ir asumiendo a lo largo de su existencia, sobre todo en el terreno profesional, novedades siempre apremiantes, a veces incluso con la ayuda de cursos más o menos formales. La educación es cada vez más urgente, más necesaria. Qué interesante labor hacen a este respecto hasta los mismos periódicos, emisoras de radio y otros medios.

Desde hace algunos años –y esta es una gran novedad– en el mundo de la educación, de la formación, ha aparecido un nuevo sector social hasta ahora inexistente: los mayores, que están respondiendo también con un interés inesperado a la oferta educativa.

Hace medio siglo, ¿cuántos años vivían los abuelos? ¿Cuántos bisabuelos había en la familia? ¿Cuántas mujeres solteras mayores? Creo que podemos decir que los bisabuelos de hoy son como los abuelos de ayer. Los “abuelos”, los “mayores”, pueden vivir hoy veinte o treinta años y forman un grupo social nuevo. Con una particularidad, que no tienen puntos de referencia, no existen modelos de los que puedan aprender. Hacen mal los que se empeñan –y todavía hay muchos– en asemejarlos a los ancianos de otros tiempos. Por eso son una preocupación para los servicios sociales, para las universidades en su doble faceta de investigación y proyección hacia fuera y, detrás de ellos, para los políticos, los responsables de instituciones, los voluntariados, los “pastores” religiosos, las mismas familias.

Claro que los mayores buscan “otra cosa” en la educación. Ellos hace mucho tiempo que entraron y se integraron en la sociedad y sus instituciones. Ya no necesitan conseguir una profesión con que ganarse la vida. Pero tienen y sienten otras necesidades

Hace ahora ochenta años, Gregorio Marañón decía en una famosa conferencia, “El deber de las edades”, que el deber de los ancianos es adaptarse.

Quizás hoy veamos las cosas desde una perspectiva más compleja. El mismo Marañón admitía que en la vida del ser humano hay varias etapas. Nosotros sabemos que, al pasar de una a otra de estas etapas, algo se pierde y algo se gana siempre. En la sociedad, en el ambiente, en el propio cuerpo y en el espíritu de la persona hay cambios que hemos de tener en cuenta, darles una respuesta positiva, si queremos mantener una vida digna, una satisfacción de vivir. Es decir, habrá que adaptarse. Y todos tenemos la experiencia de cómo no siempre resulta fácil esa adaptación.

Es verdad que Marañón no distingue, como lo hacemos nosotros, los dos momentos de esa última etapa vital, los mayores activos y los mayores-mayores. Pero podemos admitir que, frente al tema que nos ocupa, tanto unos como otros experimentan importantes necesidades de adaptación, de respuesta a situaciones nuevas.

Los mayores tienen una experiencia de lo que han vivido hasta ahora y desde esa experiencia surgen, sienten unas necesidades. Unos tienen necesidad de satisfacer alguna aspiración antigua. Conocí hace muchos años a un jubilado que llegó a escribir un libro sobre el arte gótico en España. Siempre había sentido el deseo de conocer a fondo nuestras catedrales. Otros viven la necesidad de comprender mejor a sus nietos, a quienes aman y de quienes querrían sentirse más cercanos. Un tercero sufre porque esta sociedad de alguna manera le está echando en cara sus deficiencias de formación. Otro ha decidido participar en un voluntariado social o religioso y necesita prepararse. O quizás alguien quiere afrontar bien sus pérdidas físicas o espirituales y pide ayuda a quienes se la pueden proporcionar. Dicho de otro modo, se trata de seguir incorporándose a la vida, de resolver los problemas que le crea el ambiente, manteniendo sus coordenadas personales, institucionales y morales, de conservar la propia identidad personal.

Estos mayores son un nuevo desafío para los profesionales de la educación, que han de conocer lo mejor posible las aspiraciones y deseos de sus nuevos alumnos, cuáles son los métodos más adecuados para ayudarles en sus necesidades educativas. La pedagogía se convierte así en “gerontagogía” y la actividad educativa en colaboración entre profesores y alumnos.

Todo este mundo emergente de la educación de los mayores es un aspecto apasionante de la nueva sociedad que se nos ha venido encima. Eso nos dice que no podemos vivir de cara al pasado, nostálgicos de un tiempo desaparecido, ignorando las posibilidades que nos ofrece nuestro tiempo para conseguir un envejecimiento en plenitud, de acuerdo con nuestra antropología de siempre. Si en su tiempo hablaba Marañón del deber de adaptarse, si en 1982 proclamaba la ONU la necesidad de prepararse para la vejez, hoy lo concretamos más e invitamos a los mayores a inscribirse en los muchos cursos, actividades, talleres de formación y puesta al día que se les ofrecen. “Nobleza obliga” hemos dicho siempre. Si los mayores esperan de la sociedad un reconocimiento de su “nobleza”, estarán obligados a merecerla y a conservarla. Además les irá mejor.

 
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