Desde mediados de agosto hemos visto el cambio de cara de los grandes almacenes ofreciendo miles de mochilas escolares, uniformes de colegio, reserva de libros para el nuevo curso... y todo tipo de baratijas y modernos artilugios escolares. Y muchos de los alumnos están recibiendo el regalo de “lo nuevo”, con el fin de que encaren con más ilusión la nueva etapa educativa que está ya por empezar. De alguna manera tenemos en mente que la época de vacaciones suspende algunas de nuestras obligaciones y que pronto vamos a tener que retomar con responsabilidad.
Pero si es cierto que las vacaciones relajan al estudiante de su estudio como al trabajador de su trabajo, esto debería entenderse fundamentalmente en cuanto se refiere a algunos aspectos concretos de nuestra formación: la dedicación al estudio para el escolar, y la dedicación laboral estricta, en horas incluso, para quien trabaja.
Y puesto que la vida es algo más que esas horas, la dedicación laboral estricta o el horario escolar tampoco tendría que ser considerado como un tiempo especial, sino que tendría que estar perfectamente integrado en el objetivo de su desarrollo personal que no se reduce a sus horas de estudio o trabajo. Desde esa perspectiva la vida es algo más que estudio o trabajo, y debería ser toda ella la que nos proyectara continuamente a la búsqueda de la propia felicidad y a contribuir igualmente a la de los demás.
Y, por lo tanto, ese objetivo más humano y global es también función del sistema escolar, por supuesto. Por ello mismo es a él, o a sus presuntos méritos o fallos, a los que le pretendemos asignar tantos y tantos objetivos como problemas se nos van presentando.
¿Quién duda, si no, de que el sistema educativo tendría que colaborar activamente a crear alternativas mejores de fin de semana para los jóvenes que las de dedicarse a pasar las noches agarrados a la litrona, molestando al vecindario, ensuciando calles y aceras de pringoso alcohol, sucio papel y vidrios rotos, persiguiendo acentuar su individualidad con características tales como llegar ser la reina de la noche o el príncipe del botellón? ¿Qué hace la escuela para reconducir tales conductas borregueras? Algo debería hacer, ¿no?
O el tráfico y su sumatorio de muertos de cada fin de semana... ¿Acaso no está claro que la principal peligrosidad en las carreteras, que tantas muertes conllevan los fines de semana y los días normales, se da principalmente por la conducta de ciertos jóvenes que no hace mucho estaban, o todavía están, en las aulas? ¿No sería la escuela el lugar más adecuado para inculcar reglas de convivencia, de respeto a las normas, de ayuda a los demás... y no necesariamente competitividad contra los otros?
Y si no, piensen ustedes, en esta sociedad en donde cada vez está más claro que la alimentación es una de las principales causas de la obesidad y de los problemas cardiovasculares asociados a la misma... Díganme si unos conocimientos adecuados sobre alimentación en alguna asignatura relacionada, y la misma práctica dietética de los comedores escolares, no podrían contribuir eficazmente al cambio de hábitos alimenticios y a ayudar a que los problemas cardiovasculares dejen de ser la principal causa de mortalidad de nuestra sociedad...
Por no hablar de la integración de los inmigrantes en la sociedad, en buena parte integrados anteriormente en las propias escuelas, y la educación para la tolerancia, y otro tipo de educaciones que por el momento no me atrevo siquiera a nombrar por miedo a la excomunión...