Domingo, 2 de septiembre de 2007
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EDICIÓN IMPRESA

director del centro de regulación genómica
Miguel Beato: “Los jóvenes deberían vivir la presión como un deportista de élite”
Sin funcionarios, con evaluaciones periódicas y unos fichajes propios de losequipos de fútbol, el instituto que dirige miguel beato ha roto moldes en españa
Sin funcionarios, con evaluaciones periódicas y unos fichajes propios de losequipos de fútbol, el instituto que dirige miguel beato ha roto moldes en españa
miguel beato, director del centro de regulación genómica

rosario sepúlveda

Desde que regresara a España en el año 2000, tras 27 de carrera internacional, la frase que más ha oído Miguel Beato (Salamanca, 1939) es ésta: “No, esto aquí no se puede hacer, es imposible, porque en España...”. Pero él, que venía de dirigir el Instituto de Biología Molecular e Investigación de Tumores de la Universidad de Marburg, en Alemania, no se achantó y decidió arremangarse para contribuir a erradicar lo que considera “un verdadero veneno” para la ciencia en España: el funcionariado. Frente a las relaciones de amiguismo que corrompen la carrera científica —”es un método de protección porque el sistema oficial no funciona bien”—, él propone el modelo de gestión de los recursos humanos que impera en los centros punteros del mundo, sobre todo en el anglosajón. “Hay que cambiar, como se ha hecho en los equipos de fútbol, para poder competir internacionalmente en la liga de campeones”, asegura Beato, que en el Centro de Regulación Genómica (CRG), integrado en el Parque de Investigación Biomédica de Barcelona, ha roto moldes. Hasta 260 investigadores, de unas 30 nacionalidades, comparten espacio e inquietudes en un centro donde la lengua franca es el inglés e, incluso, existe la figura del defensor del científico. “Ya es importante que el 40% de nuestros jefes de grupo es extranjero, y queremos llegar a algo más del 50%”.


¿En qué consiste el modelo de recursos humanos que hace único al CRG en España?

No hemos inventado nada nuevo, hemos copiado un sistema clásico de reclutamiento que funciona muy bien en el EMBO (Organización Europea de Biología Molecular) y que consiste en que, cuando hay una posición libre, se anuncia públicamente y se puede presentar quien quiera. Las personas que se presentan son evaluadas por un comité creado para tal fin, que sabe lo que busca y que está interesado en encontrar a los mejores candidatos a escala mundial.


¿Publican las ofertas en revistas especializadas?

En Nature. Los candidatos se preseleccionan en base a su perfil y a lo que han hecho, y se invita a algunos de ellos a que vengan a una serie de entrevistas y seminarios que están presididos por un comité que incluye científicos del CRG y científicos de fuera, tanto del entorno como extranjeros, para que evalúen de un modo objetivo a los candidatos. Cuando se ha encontrado al mejor, se le hace una oferta. Tras negociar las condiciones, cuando se llega a un acuerdo, tiene un contrato. Luego, los niveles de contrato son distintos para la gente muy sénior, que tiene un perfil de investigador independiente, y para gente muy joven que monta aquí su primer grupo. Éstos tienen un contrato a tiempo limitado.


No es un contrato indefinido y lo que pretenden es probarles.

No sólo se trata de ponerles a prueba. Aunque sean perfectos, y produzcan lo que produzcan, pasado un tiempo se tienen que ir. Primero tienen un contrato de cinco años, a los cuatro son evaluados por un comité externo, no de aquí, y si han hecho un buen trabajo, el contrato se les prolonga hasta los nueve años, que es tiempo suficiente para demostrar a la comunidad científica que esa persona tiene cualidades para crearse una posición fuerte en otro centro de investigación, ya sea en Europa, en España... El CRG actuaría como una especie de incubadora para nuevos grupos y, a su vez, repone esas posiciones con gente joven. Con este movimiento continuo, el instituto se mantiene joven. Sangre fresca [risas].


Pero el trabajo del resto también es evaluado.

Sí, el director, los séniores... aquí todos son evaluados. Lo que pasa es que el sénior tiene un contrato indefinido, aunque con una cláusula que dice que cada cinco años será evaluado y, si los resultados son negativos, se tiene que ir en uno o dos años, dependiendo de su edad.


Usted no parece lamentarse por los cerebros fugados, aunque tenga su parte negativa para un país.

Sinceramente, creo que nuestra función, como un centro un poco excepcional que ha mostrado un camino por el que ya van otras instituciones, no es recuperar españoles que están fuera. Eso está muy bien, y ya lo hemos hecho. Nuestra misión es traer a los mejores científicos extranjeros, para que produzcan en España conocimiento, como han hecho los países potentes en investigación, como Inglaterra y Estados Unidos. Es lo mismo que hacen los clubes de fútbol, no hay muchas diferencias. Reclutan al mejor del mundo y, al hacerlo, traen riqueza. Nosotros seguimos la misma táctica, pero en un campo serio: descubrir nuevas cosas, aumentar el conocimiento y dar a la sociedad una fuente de riqueza más duradera que ir a ver un partido de fútbol el domingo.


También ha introducido el llamado ‘faculty lunch’. ¿En qué consiste? ¿Cómo surgió la idea?

Es un hábito muy común en la ciencia anglosajona. Son encuentros entre los principales investigadores del centro. Tenemos dos tipos de faculty lunch. Una vez al mes nos encontramos de una a tres del mediodía y, mientras se charla, comemos algo en un bufé. Hablamos de los problemas del centro, de los objetivos... Todos aportan su visión para que, luego, el comité de dirección pueda transformarlo en soluciones. Además, cada dos semanas, hay una discusión de tipo más científico en la que uno de los jefes de grupo presenta un proyecto para que se discuta conjuntamente. A esto le dedicamos mucho tiempo para que el saber hacer de toda la comunidad entre en cada uno de los proyectos que se están llevando a cabo, sobre todo en los más complicados, que necesitan un enfoque multidisciplinar. Así el investigador se siente muy integrado y cada uno sabe muy bien lo que hace el resto de la gente. También organizamos un encuentro más global una vez al año. Nos vamos todos al Montseny por dos días y hacemos una tormenta de ideas en la que se discuten todos los proyectos de manera más general.


Pero todo ello en un ambiente que debe soportar mucha presión a causa de la competencia internacional.

Sí, lo más difícil aquí para la gente joven es tolerar esa presión. Deberían vivirla como un deportista de élite, como un estímulo para correr más. Ése es el espíritu que hay que transmitir, porque, desgraciadamente, la ciencia actual es una carrera en la que sólo cuenta el que llega el primero. Una vez que algo se ha publicado, ya puedes tú llegar una semana después, no te sirve. Este tipo de competencia, que han metido los americanos en juego, contamina todo el terreno. Por eso, hay que buscar áreas que te permitan sobrevivir, donde la competencia no sea demasiado feroz o puedas aportar enfoques más originales. Si te metes en un tema competitivo, tienes que volcarte a fondo y hacer como los americanos: no hay fines de semana ni vacaciones. Hay que trabajar para sacarlo antes, porque, si no, no vale la pena, has tirado el dinero.


Habrá que desconectar, ¿no?

Sí, para eso hay que conseguir que, en el laboratorio, aparte de la presión diaria, haya también momentos divertidos. Aquí todos lo jueves por la tarde tenemos una especie de happy hour en la terraza. Cada vez lo monta un grupo y se crea un ambiente relajante entre 200 ó 300 personas.

 
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