Una vez más, ya poco importa la extensión de la lista anónima de nombres y apellidos de mujeres que han caído a manos de aquéllos de los que, por desgracia un día estuvieron enamoradas o al menos compartieron algún tipo de relación sentimental.
Esta vez se trata de una joven rumana, con un hijo en común con su asesino. Hace poco era una señora anciana, de buena familia; mañana otra madre con dos o tres hijos… algo falla en una sociedad que empieza a ver los apuñalamientos, estrangulamientos, atropellos, etc como algo común y cotidiano.
Por un lado la muerte nos es tan cercana y repetitiva que llega a banalizarse. A pocos sorprende un asesinato de los llamados de “género” y cada vez a menos ciudadanos indigna.
El Estado, y la propia sociedad, debe de tomar cartas en el asunto, la represión pura y dura hace años que se demostró insuficiente, poco efectiva e incluso contraproducente.
La base de todo recae en la educación, pero no sólo en la escuela, sino también en el hogar, en la casa y sobre todo, en el día a día.
Todos hemos visto un chillido, un empujón, una bofetada… cada vez que apareciese uno de estos síntomas debiera de encenderse una alarma social tan fuerte que frenase la progresión “in crescendo” que lleva a un padre, como era el “presunto” agresor del domingo pasado, a asestar varias cuchilladas mortíferas a su pareja y, más espeluznante aún, a una madre que aguantaba a su hijo común en brazos.
Yo creo que ya es hora de decir “Basta” a tanto asesinato, a tanta paliza, a tanto maltrato psicológico.
Labor de psicólogos, trabajadores sociales, antropólogos, fuerzas de seguridad, etc., es tomar las medidas adecuadas para buscar luz en este oscuro túnel.
Que hagan lo que sea, pero que hagan algo ya, la sociedad no puede desangrarse en esta lenta y mortífera sangría.
Hagamos algo para que no se cumplan las funestas predicciones de Bertolt Brecht ante el auge del nazismo: “cuando vinieron a por mi, ya era demasiado tarde”
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