Fue mejor la segunda parte que la primera. De Lorenzo Fraile y con el hierro del Puerto eran todos los toros. Salvo el sexto, con el hierro de Ventana del Puerto, que es lo mismo pero no lo parece. El toro de la Ventana, con menos cuerpo que los cinco hermanos, estaba cojo. Pañuelo verde. El sobrero, de Mercedes Pérez-Tabernero, salió tan grande como los cinco del Puerto, que fueron de variada condición pero con una nota común: su imponente tamaño.
Noble fue el primero, frío de salida, pero suavón, mansote en varas. Muy a la manera del encaste Atanasio, fue de los que van rompiendo poquito a poco. O entrando en calor, que es lo propio de los toros fríos. Ponce , especialista del género, lo fue calentando. El toro acochinado que El Cid mató por delante hizo cosas feas: escarbar, irse suelto de varas y hasta acularse en un momento. Pero resistió de sobra y se dejó no poco y bastante. Con todas sus variantes, y abriendo el arco desde la mala nota del tercero a la más que notable del quinto, la corrida pasó en conjunto por encima del listón.
La noticia fue el torero: Manzanares. En torero de gran categoría. Manzanares ya había apuntado su ambición con el desalmado tercero, al que sacó tirando del hocico a pulso tres naturales espléndidos. Con ese sexto se empeñó.
Vio claro lo que nadie sospechaba: que al toro se le podía meter en vereda. Con técnica vieja y refinada: la muleta por delante y tapando, la mano corrida sin que el toro enganchara, el toro librado cuando estaba a punto de enterarse. El arranque de faena, con tres muletazos por delante y cuatro toques, fue precioso. Quedó sujeto el toro de golpe. Hubo que seguir amarrándolo, pero ya entonces era Manzanares dueño del asunto. Fue larga la faena. De dos partes. La primera, de doma y dominio; la segunda, de fantasía y casi recreo. No dejó bajar la guardia el toro nunca. Por manso, no por otra razón. Las dos partes de faena tuvieron de base firmeza, ligazón, regusto y temple. Ideas, valor, aplomo, sitio, gobierno. Todo. Toreado y retoreado se fue el toro a morir en tablas tras una estocada tendida.
Ponce hizo dos faenas larguísimas. Despidió más de la cuenta al primero de corrida, lo toreó en línea por sistema, llegó a abrirse exageradamente y recorrió con él mucha plaza. Seis pinchazos antes de acertar con el descabello. El Cid le anduvo ligerito al segundo. Un prometedor arranque, pero luego vinieron los embroques despegados y encogidos o el perder pasos por sistema. Ponce acarició mucho al cuarto, con el que abrió en brillante madeja y cerró con muletazos de perfil sueltos de bonito dibujo. Estuvo muy gesticulante Ponce en ese turno. Y El Cid, en el segundo de los suyos, tanto o más. En un desplante forzado tras un abanico, llegó a echarse la muleta al hombro como manta campera. Le costó trabajo a El Cid enjaretar en serio a ese quinto y le pegó casi más muletazos por alto que bajo. O casi tantos. Intentos de circulares que nunca llegaron a salir. Hasta una tanda de tres molinetes y dos cambiados por arriba. Resolvió el oficio de torero curtido. Media estocada de la que salió perseguido. Era bravo el toro.