Ofrezco a los sociólogos y a los sicólogos un calificativo para la sociedad que vivimos en este arranque de siglo, heredera directa de la llamada “sociedad de consumo” que caracterizó el final de la pasada centuria, sólo que en el presente vital el objeto de deseo se ha disparado a las nubes... “galácticamente” y nos estamos convirtiendo en una “sociedad de espectadores” de lo inaccesible. ¿Cómo entender de otra manera el arrastre popular de un evento en origen y forma tan elitista como la America’s Cup? Las propias nobles artes como la arquitectura han privilegiado entre sus parámetros el de la espectacularidad mediante la monumentalidad. Y ahí está como paradigma el vistoso y llamativo estilo del arquitecto Calatrava y su obra monumental en Valencia. Se ha dicho de él que es un escultor que hace arquitectura, un escultor de la arquitectura..., y si ambas bellas artes están concebidas para ser mostradas, para ser admiradas por un “público”, su conjunción epata a la gente, que ante la grandiosidad, la fastuosidad, se convierten en “espectadores”.
Hace unos días, mi compañero Pablo Salazar escribía casi una elegía en la que, tras constatar los beneficios en concepto de imagen propia y exportable de la capital de la America’s Cup y la Ciudad de las Artes y las Ciencias, derramaba su recuerdo y aprecio por la “otra” ciudad... ‘‘Porque el modernismo del Cabanyal también es Valencia, y el Carmen –no el de noche sino el de día– y Sant Bult y el Mercat...”, decía. Yo, aquí, me permito añadir a su ternura, el elogio y la reivindicación de una Valencia que persiste y atesora un estilo inmarcesible, hecho de buen gusto y a la medida canónica del hombre, e invoco como ejemplos áureos el Ensanche y la Gran Vía, y la Alameda, y la Glorieta..., tres ejemplos de bien hacer urbano que siguen siendo sello de esta ciudad.
Ensanche a la modernidad
Resulta curioso leer en la Memoria del Proyecto del Ensanche (1887) esta opinión de sus autores, los arquitectos Calvo, Arnau y Ferreres: “Es absolutamente necesario restringir los vuelos de la imaginación y prescindir de lo grandioso, de lo monumental...”.
Lo que no supuso obstáculo al que fue un moderno y modernizador proyecto urbano, modélico en su tiempo y ejemplar para la posteridad, que “ensanchó” Valencia... a la modernidad, no sólo urbana, sino social. E. Sebastià ha dicho que con el Ensanche “la burguesía dejó el viejo núcleo de la ciudad a la menestralía y al patriciado rancio y se fue a ocupar una zona nueva y aséptica...” socialmente.
Un “racionalismo humanista” trazó el Ensanche, mediante largas calles, rectas, paralelas, amplias; con núcleos edificados en sistema de cuadrícula y chaflanes que ampliaban los cruces de calles convirtiéndolos prácticamente en plazas. Era un espacio de amplitudes y comodidad. Urbanismo funcional.
Sanchis Guarner dice del Ensanche que ofrecía “una xàrcia viària ben superior a la de moltes ciutats del món”.
Para culminar la obra, se trazó la Gran Vía –nunca mejor puesto el calificativo como sustantivo–, de la que Juan Luis Corbín resalta su importancia “para la generación del tablero urbano que constituye la segunda fase del Ensanche”, sirviendo de generación o prolongación de calles, y la cual describe en sus virtudes propias como “una calzada amplia, con jardinería en el centro, y cuyos edificios originales que la fanqueaban mantenían su altura en proporción con el ancho de la calzada...”. Urbanismo equilibrado.
El “Prater” valenciano
En su extremo norte, el que llega hasta el río, la Gran Vía se da la mano con su antecesora en estilo y gracia, la Alameda. Si el Ensanche es deudor del urbanismo de Haussman en el París del Segundo Imperio, la Alameda, tal y como la conocemos, lo es de los ilustrados valencianos, contemporáneos de la Enciclopedia y la Revolución en Francia, porque fue durante su mandato cuando se que introdujeron importantes y decisivas mejoras en la morfología de la Alameda, como señala Sanchis Guarner: “Foren plantats molts arbres y fou proveïda de ‘andadores, canapés y ahujas’ de pedra i construït el mur y barana de la dreta del llit del riu des del pont de la Mar a Montolivet”, y se preparó, dice también, el terreno para una Nueva Alameda, la cual no prosperó.
Como muestra del aprecio que siempre mereció ese espacio singular, citemos dos testimonios foráneos, el del francés Jean Peyron (1772) que habla de “una Alameda muy bella” y menciona sus “esbeltos árboles y palmeras”, y el de Maximiliano de Austria (1858) que describe como “en la Alameda se da cita toda la sociedad elegante, que pasea en sus carruajes como en el Prater de Viena”. Y habla de su paseo por “el Plantío, florido jardín a lo largo de la Alameda, realmente encantador”.
La afrancesada Glorieta
También a los ilustrados afrancesados que administraron Valencia durante la ocupación francesa y el gobierno “paternalista y conciliador” –según lo califica Sanchis Guarner– del mariscal Suchet, se debe el último ejemplo que queremos aportar de urbanismo con estilo: la Glorieta, que supuso la apertura de un espacio al descubierto, de nuevo gusto, y vertebrador de soluciones urbanas en un lugar especialmente degradado en la época.
Recuerda Vidal Corella que “viendo Suchet que la parte que enfrentaba con el edificio de la Aduana (luego Palacio de Justicia) era un dédalo de callejuelas, resolvieron modificar el lugar, para lo cual se derribaron gran número de casas. Tras la retirada francesa, el nuevo gobernante, capitán general de Valencia, Francisco Javier Elío, mejoró la Glorieta de Suchet, dotando de setos y jardines la vasta plaza trazada, donde había sido plantada una arboleda, y la decoró con bancos y estatuas”, convirtiéndose la Glorieta en el entonces gran jardín público urbano de la ciudad.