Viernes, 27 de julio de 2007
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C. VALENCIANA

pura vida
El topo
No existía por aquí esa tradición de topos exquisitos que se educaron en Oxford y que luego, al alcanzar puestos claves en la administración británica, se dedicaron a filtrar secretos hacia sus amos del bloque del este. Nunca tuvimos un escándalo Profumo con morenaza copiosa, alcoba compartida y tiernos susurros de estado musitados sobre la almohada. Por eso quizá tampoco en nuestras letras encontramos a un Graham Green o a un John Le Carré, ni siquiera a un Ian Fleming. Nos faltaba bagaje en esto del contrabando de secretos entre agencias.

Nuestros follones, antes del caso del traidor que han destapado tras una estrepitosa rueda de prensa, siempre exhibieron un marcado carácter chapucero, cochambroso, directamente casposo. Por ejemplo, aquí vibramos al descubrir gracias a una foto que una conocida mujer de la jet con pinta de monitora de aeróbic no llevaba bragas en una fiesta. Como su novio era un magnate, se tambalearon algunos foros de la pela y la revista que publicó aquel retrato de una dama desbragada agotó el papel. El otro inolvidable lío, también con fotografías incluidas, nos desternilló con Roldán en calzoncillos encalomando graciosamente a un muñeco hinchable de grandes proporciones que no podía decir ni Pamplona. Jamás vimos una francachela tan grotesca, qué falta de estilo, Dios. Claro que Roldán ni había pasado por Oxford ni por Salamanca ni por ningún lado porque su currículo resultó patraña pura. Ahora, hombre, por fin hemos trincado a un verdadero agente doble que vendía información a los chicos de Putin. Aunque, digo yo, ¿de verdad guardábamos secretos en un país como este donde prima el chisme, el cotilleo y el trasiego lenguaraz bajo las luces grasientas de nuestras corralas catódicas? Menuda sorpresa: ¡teníamos secretos en el armario!

 
Vocento

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