Martes, 17 de julio de 2007
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EDICIÓN IMPRESA

Valencia
Arroz y tartana...
El retrato sociológico de la época de que estamos hablando, en que surgió la Feria de Julio, está dibujado con no poca y certera ironía en una copla coetánea que decía:

Arros i tartana,

casaca a la moda,

i rode la bola

a la valenciana.

El diccionario de la lengua española atribuye a la frase “dejar rodar la bola” el significado de “dejar que un suceso o negocio siga su curso sin intervenir”, y cuadra perfectamente con aquella burguesía valenciana de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, de base agrícola y especuladora, más que inversora e industrial.

Una clase de “nuevos ricos”, y no lo digo por abundar en el sentido peyorativo que conlleva el concepto, sino en el nombramiento puramente descriptivo social y económico; eran los “ricos nuevos”, los nuevos propietarios agrícolas surgidos de las leyes desamortizadoras de Mendizábal y Madoz, en 1837 y en 1855, y el cuantioso rédito que dieron en tierras tan provechosas como las valencianas, y que se encontraron, además, con vientos de bonanza para su desarrollo económico, tal y como ilustra esta cuarteta de cuando la Guerra de Crimea (1853-1856):

Cuando en Odessa y Moscú

suenan los cañones de bronce,

el arroz que hoy se paga a nueve

mañana subirá a once .

Esos “ricos nuevos”, los nuevos burgueses del enriquecimiento agrícola, estaban en esos años marcando su impronta en la ciudad de Valencia, la urbe donde “movían sus dineros”, donde hacían sus negocios mercantiles, y estaban sustituyendo a la vieja aristocracia o mezclándose con ella –“blasón con vellón casan bien”...– y se hacían ver en ese “Prater” valenciano que era la Alameda, a la que en tiempos más antiguos se llamó el “Prado”.

 
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