Domingo, 1 de julio de 2007
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EDICIÓN IMPRESA

andar y ver
Soldados
Hice la mili, no creo que fuera una mala experiencia. Seguramente fue demasiado larga, eso sí. Con medio año hubiera bastado. Medio año no cambia mucho la vida de una persona, sus planes laborales o estudiantiles. Pero entonces el servicio militar duraba catorce meses interminables. Hablo de 1979/80, cuando fui. Me hubiera correspondido unos años antes, pero yo pedía prórrogas. Si hubiera ido siendo más joven, y no aquel mozo talludo de veintiséis años, que llevaba casi dos como abogado colegiado y sin vocación, seguro que la experiencia hubiera resultado menos dura y anacrónica.

Con todo, ahora recuerdo solo lo bueno de aquel tiempo. Lo bueno aunque parezca raro decirlo. Por ejemplo, esto: entonces a los soldados nos obligaban a hacer la mili fuera de la región natal, y de ese modo uno se encontraba en los regimientos con soldados asturianos, navarros, manchegos, valencianos, andaluces, murcianos, aragoneses, cántabros... Por aquel entonces destacaban por su marcada aura rural los extremeños y por su lógica condición friolera los canarios. Por su gran solidaridad entre paisanos, los gallegos, –siempre compartiendo sus chacinerías–; y por su delirante sentido del humor los de la bahía de Cádiz. Catalanes, madrileños y vascos eran, sin duda, los que tenían un mejor nivel cultural. Mis amigos en la mili compraban, como yo, la revista Triunfo. Y algunas veces nos reíamos descubriendo los colores de sus portadas escondidas tras las carpetas donde las llevábamos al cuartel. Porque allí dentro sólo se leía la prensa ultramontana. Aunque había, sin duda, militares profesionales que eran liberales, demócratas, progresistas. Y que procuraban pasar desapercibidos. Un mes más tarde sucedió la vergüenza del 23-F y yo creí que volvía al cuartel; pasé muchos años envuelto en esa pesadilla. Como tantos otros que fueron soldados.

Hice la mili en una Escuela Superior Militar. Había días en que ser soldado era algo muy extraño porque desarrollaba mi labor rodeado de coroneles o de generales, según los cursos. También había muchos más generales que soldados cuando íbamos al monte a hacer prácticas; generales que nos hacían la pelota para que les diéramos un segundo bocadillo si sobraba alguno. Recuerdo los maravillosos mapas de la cartografía militar. Y las mañanas puras de invierno en los cerros de la cordillera Central, allá por Chapinería, nombre maravilloso. Luego, al atardecer, volvíamos al Paseo de la Castellana, donde estaba el cuartel.

Y con el cuartel, las ratas, que casi eran nuestras amigas. Ratas gigantes, como de película de las cloacas de Nueva York. Yo estuve destinado en una oficina militar donde reinaba la ironía. Los mozos universitarios nos burlábamos cordialmente de nuestros jefes suboficiales. Todo se resolvía en medio de una inmensa y educada mofa, de la que aquellos mandos no se daban cuenta. Pero sí otros, capitanes y comandantes, que se hacían los locos. Porque se divertían con nuestro cachondeo. Que aunque era algo cruel, nunca llegaba al sarcasmo.

Recuerdo las salidas al tiro, que me gustaban poco. Y los tremendos carros de combate trotando a gran velocidad por los desmontes del Goloso. Era algo imponente. Recuerdo amigos, a los que no volví a ver. Recuerdo mi extrañeza ante la llantina general y patriótica de todo el batallón el día de la jura de bandera: allí gemían hasta los militantes de ERC y no digamos sus novias cuatribarradas. También recuerdo intensos momentos de humor, de solidaridad, de desesperación. Y a un capitán enloquecido y chulesco que un día le disparó al reloj de la cantina. Pero también recuerdo al coronel Delibes, hermano del escritor, hombre prudente y amistoso. Y a generales cultos y sensibles.

Recuerdo, sobre todo, miles y miles de conversaciones de amor, de pena, de dinero, de tiempo, de padres, de desamor, de risas y de todos los ángulos que pasan por el corazón de un hombre, en las largas noches acuarteladas. Tabaco y muchachos. A mí no me gusta tanto la épica, prefiero la lírica, pero siento cariño por el Ejército de España, sí. Lo tengo por algo propio. Es un Ejército, claro, no una ONG. Y es imprescindible. Y quien me diga que soy un facha por escribir esto, probablemente es un sectario. O un indocumentado. O uno que estuvo a favor del Ejército Rojo, cuando la religión estalinista tenía bastantes adeptos. Gerifaltes de antaño.

 
Vocento

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