Domingo, 1 de julio de 2007
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EDICIÓN IMPRESA

sociedad
La sobrecarga emocional
La demanda insaciable de emociones por parte de una sociedad ciclotímica, que salta de la euforia al abatimiento, crea un individuo inconsistente y frágil
La demanda insaciable de emociones por parte de una sociedad ciclotímica, que salta de la euforia al abatimiento, crea un individuo inconsistente y frágil
de hacer caso a los mensajes publicitarios, cuando adquirimos un coche no nos hacemos con un objeto ideado para desplazarnos de unos lugares a otros: lo que compramos es la emoción de la velocidad, la de la distinción social o la de la elevación mística. Y, si lo anunciado es un producto de charcutería, lo que vibra en nuestro interior no es el aparato digestivo, sino el mismísimo corazón que percibe en esa morcilla una honda impresión de retorno a la naturaleza.

¡Es todo tan enternecedor! Vivimos tiempos de emociones, sin duda. El valor de los productos, sean materiales o inmateriales, ya no viene dado por su función instrumental, por su utilidad o por su calidad intrínseca. Cotiza al alza todo lo que sea capaz de proporcionarnos experiencias intensas y conmovedoras.

Un noticiario que se precie debe empezar su información –su espectáculo– con el impacto de un accidente mortal, de un pavoroso atentado o de una goleada de escándalo. Espanto, perplejidad, miedo, indignación o sorpresa: la audiencia reclama sustancias excitantes que la hagan agitarse, no importa en qué dirección. De ahí el predicamento que han adquirido dentro del mercado mediático determinados ‘temas menores’ como el fútbol o los devaneos de los famosos.

Si dominan el espacio informativo es porque son capaces de generar sin descanso productos estimulantes que ‘emocionan’ y mantienen en vilo a los espectadores ansiosos de novedades que les sacudan el ánimo. En la televisión, cada nuevo acontecimiento debe superar al que le precede gracias a una carga emocional más fuerte. Es el ‘zapeo emocional’, que zarandea a los receptores llevándolos de la risa al llanto y del entusiasmo a la indignación, como si de esa manera les crease una ilusión de realidad más potente que la realidad misma (de la que, por otra parte, les aleja).

Porque bajo la apariencia de sentirse vivos a base de sobredosis de emociones late un fuerte impulso de evasión, una necesidad de escape a la que la mercancía emocional al uso da respuesta satisfactoria mediante la insaciable provisión de ofertas capaces de causar enérgicos shocks. Contra lo que pudiera parecer, el culto postmoderno a la emoción no nos hace más sensibles, sino más superficiales. Saltamos de una emoción a otra como el espectador de una función de circo en donde la risa del payaso se encadena con el escalofrío del trapecista y éste a su vez con el asombro del mago o el tremendo rugir de los leones enjaulados. Se trata de una especie de viaje narcótico perpetuo que, lejos de fomentar la sensibilidad, la anestesia y la diluye en un mareante carrusel de espasmos.

No hay que pensar por ello que las emociones sean dañinas. Lo nocivo es su banalización y su exceso. Afortunadamente, en los últimos años se ha producido una reivindicación de lo emocional, en cierto modo como respuesta a la tiranía de lo racional. Los trabajos de Goleman y otros promotores de la inteligencia emocional han venido a recordarnos el importantísimo papel que cumplen en nuestras vi- das los aspectos relacionados con el ánimo y con las respuestas que somos capaces de dar a los desafíos de los impulsos, las intuiciones y los sentimientos. Pero quizá esa glorificación de lo emocional empieza a desquiciar un tanto nuestro modo de vida, sobre el que se imponen consignas nerviosas, histéricas, explosivas.

Las emociones son formas explosivas de la afectividad que se manifiestan de manera breve e intensa, a diferencia de los sentimientos, más estables y duraderos. Quien se pone en manos de aquéllas corre el riesgo de olvidar éstos, entre otras cosas porque los sentimientos nos enfrentan a la hondura, a la constancia, no pocas veces al esfuerzo. Cuando decimos de alguien que “es un sentimental” porque se emociona fácilmente, no siempre estamos elogiándolo. Probablemente su susceptibilidad para las reacciones epidérmicas vaya pareja con una carencia de estabilidad en lo profundo.

Hay emociones que, lejos de enriquecernos, nos degradan. La demanda insaciable de emociones por parte de una sociedad ciclotímica que pasa de la euforia al abatimiento y viceversa sin solución de continuidad, que reclama vivencias fuertes en el gran parque temático de la novedad, de la prisa, del entretenimiento fácil, está creando un modelo de individuo inconsistente y frágil: el acelerado buscador de emociones que extiende el campo de su búsqueda tanto en el cine de acción como en los deportes de riesgo, tanto en la aspiración al éxito como en la aventura narcisista de la novedad por la novedad.

Para él, el mundo no es objeto de conocimiento, sino fuente de un gozo que debe ser renovado a cada instante con presas diferentes, ya sea en el consumo, ya en el entretenimiento, ya en el amor. Abolida la reflexión serena, ya no dice “pienso, luego existo” sino “disfruto (o padezco), luego existo”.

Quizá el equilibrio no consista en sobredimensionar las emociones ni huir de ellas, sino en guardarlas sólo para las cosas que las merecen. Una vida sin emoción es en cierto modo una vida perdida, pero una vida volcada únicamente en las emociones es un sinvivir inmaduro.

 
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