Tanto Zapatero como Rajoy tienen un gran sentido de la enemistad y le rinden un culto constante. Cuando los dos quieren acaban riñendo. Los españoles de a pie, que somos los que a veces se nos pasa por la cabeza darles una patada electoral a ambos, nos habíamos hecho la ilusión de que llegaran a un entendimiento en el asunto sangriento del terrorismo.
Nuestro gozo en un pozo, quizá en el mismo donde se enterró a algunos, en otros tiempos. No hay manera de que se toleren y han vuelto las ofensivas totales ante el debate de la Nación. La vicepresidenta ha tachado de “ruin y desleal” a la leal Oposición y el PSOE exige al PP que pida perdón, preferentemente de rodillas, por el llamado ‘caso Bono’.
También ha cogido rasca Rodrigo Rato, al que le reprochan que haya dejado una plaza de poder, pero lo que en
realidad deploran es que haya vuelto. Su interpretable regreso ha conseguido que muchos tengan la mosca detrás de la oreja, lugar no apropiado para las moscas cojoneras, que apuntan más bajo.
Cualquier cosa sirve para que la renombrada pareja compuesta por Zapatero y Rajoy
reemprendan unas hostilidades que jamás se habían interrumpido.
Los dos se profesan un odio puro y desinteresado. ¿Cómo puede pasar esto entre dos personas que tienen,
por lo menos, una cosa en común? Debería unirlos su compartido deseo de triturar al oponente.
Algo es algo. Muchos de nosotros, en vista de que las amenazas de bomba siguen, pensamos que por qué nos
obligan a elegir entre dos señores que se llevan tan mal. ¿Es que no hay otros con mejores ideas y con mejor carácter? Un poeta, no me acuerdo de su nombre, dijo que “quien habla siempre del enemigo, ése es el enemigo.