Viernes, 8 de junio de 2007
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Valencia
El mito de Prometeo
Según la mitología, Prometeo robó el fuego del Olimpo para entregárselo a los mortales. Como represalia Zeus envió a la tierra a Pandora, quien no pudo resistir la tentación de abrir la caja que llevaba su nombre y que si bien encerraba todos los males, también contenía todos los bienes. Mientras que los males invadían la tierra, los bienes volvían al Olimpo, pero Prometeo logró retener uno de ellos, la esperanza de la inmortalidad.

El dominio sobre el fuego significaba el control de la naturaleza y con ello la posibilidad de conseguir la inmortalidad, por ello “el mito de Prometeo” se considera como el símbolo del poder que concede a los hombres el dominio de la técnica.

Si bien, los pueblos primitivos ya usaban remedios contra las enfermedades, el desarrollo de los medicamentos desde principios del siglo pasado, ha logrado curar cada vez más pero, desgraciadamente, persisten muchas enfermedades incurables, han aparecido otras nuevas o reaparecido algunas que se creían erradicadas.

Muchas son las causas responsables de esta grave situación que recientemente ha llevado a nuestro Ministerio de Sanidad a desarrollar una campaña sobre el uso racional del medicamento.

En primer lugar quiero dejar claro que la dificultad de control de algunas enfermedades, sobre todo infecciosas, en el mundo occidental, como la Tuberculosis y el SIDA, esta relacionada con la persistencia de las grandes bolsas de pobreza del mundo. No podemos ignorar que una tercera parte de los habitantes de la Tierra viven en la miseria, sin las mínimas condiciones de higiene ni de alimentación.

En un mundo globalizado, como el nuestro, sometido a los flujos migratorios, donde la facilidad de las comunicaciones no sirve para repartir equitativamente la riqueza, pero si para propagar las enfermedades, el resultado es la convivencia de las enfermedades propias de la sociedad del bienestar con aquellas debidas a la persistencia de la pobreza.

Así, en nuestro país, desbordado por una inmigración muy insuficientemente controlada, han reaparecido enfermedades que ya casi teníamos olvidadas desde hacía mucho tiempo.

En cuanto al uso de los medicamentos, está claro que muchas veces algunos efectos secundarios son inevitables, pero imperdonables son las consecuencias derivadas de un mal uso de los mismos o la falta de cumplimiento terapéutico en el caso de las enfermedades crónicas.

Las causas de este fenómeno hay que buscarlas en el propio sistema sanitario, repartiéndose la responsabilidad entre todos los componentes del mismo. ( la administración, el personal sanitario y los propios pacientes)

La situación de las consultas sobrecargadas, donde los profesionales no disponen del tiempo suficiente, ni siquiera de 10 minutos, para poder dar a los pacientes y familiares la información necesaria sobre la enfermedad y sobre su tratamiento, lleva con frecuencia a la autoprescripción de fármacos que serían innecesarios y que con frecuencia enmascaran y retrasan el diagnóstico correcto de las enfermedades.

Esto no tiene nada que ver con la llamada “automedicación responsable”, apoyada por la OMS, en casos muy concretos y siempre sobre la base de una educación sanitaria.

Por otro lado existe una gran desproporción entre la gran inversión en medicamentos y la falta de control bastante general sobre todo en el campo de las enfermedades crónicas. El fracaso en la prevención y tratamiento de las enfermedades resulta paradójico dado el gran avance científico y con ello el aumento de la esperanza de vida de las personas en las últimas décadas.

En este aspecto puede influir el elevado precio de algunos medicamentos, que muchos pacientes necesitan de por vida y que favorece el abandono de los tratamientos, la falta de supervisión de las interacciones medicamentosas en pacientes polimedicados y la llamada inercia terapéutica de los profesionales, que no siempre son todo lo eficaces que deberían.

En resumen y en la actualidad este tipo de problemas requieren soluciones de orden internacional, creando las condiciones de vida adecuadas para acabar con las bolsas de pobreza del planeta, dimensionando adecuadamente los recursos disponibles que permitan una educación sanitaria y atención a la población enferma, controlando el estado de salud de los inmigrantes, incentivando la investigación médica y la formación de los profesionales y asegurando un uso racional de los medicamentos.

Lejos de conseguir la inmortalidad, a la que aspiraba Prometeo, sí que esta en nuestras manos el convertir nuestro planeta en un mundo más sano, más habitable para todos, acortando cada vez más la gran distancia que separa a los hombres en cuanto a sus posibilidades de vivir dignamente, en cualquier lugar del mundo.

luisa micó

Jefe Clínico de Medicina Interna

Hospital Universitario La Fe

 
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