En el Valencia siempre se ha hecho difícil respirar un clima de sosiego y la cosa sigue igual. Cuando en 2004 Juan Soler adquirió el paquete accionarial de Paco Roig y se constituyó en el máximo accionista del club, las guerras de poder pasaron a mejor vida. El desembolso de los más de 30 millones de euros suponía un decisivo avance hacia la estabilidad social.
Sin embargo, el equilibrio deportivo en los despachos va dando tumbos desde hace tiempo. Con éxitos y sin éxitos. Con títulos o sin títulos. La convivencia de un entrenador con el director deportivo o secretario técnico invariablemente no resulta fácil. Las exigencias de los fichajes y las cotas de poder han etiquetado el panorama en los últimos años. Amedeo Carboni y Quique Sánchez Flores son el último exponente.
“Esperaba un sofá y me han traído una lámpara”, fue la frase que acuñó Rafa Benítez en el verano de 2003, como réplica al entonces director deportivo del club, Jesús García Pitarch, que terminaba de incorporar al uruguayo Fabián Canobbio como refuerzo para la temporada. Esas palabras se convirtieron en la primera piedra de las aireadas desavenencias entre los dos estamentos del club.
No compartía que los fichajes los hiciera sólo el director deportivo o el club. “Lo entendería en el caso de que me trajeran a Ronaldo o a Beckham, que son los mejores del mundo y el entrenador sólo les ha de sacar el máximo rendimiento”, agregó el hoy manager general del Liverpool.
Jaime Ortí era entonces el presidente del Valencia y por todos los medios trató de poner paz. Sin embargo, antes de que empezara la Liga el entrenador reiteró sus reproches al director deportivo por no ficharle el delantero que le había prometido tras las cesiones de Salva y Carew.
Pero las hostilidades no se centraban exclusivamente en Benítez. Los técnicos Edu Maciá y Pepe Claramunt también se enfrentaron abiertamente al director deportivo.
El doblete de 2004 no apaciguó la tormenta. Al revés. Días antes de que Benítez desvelara que dejaba el club, García Pitarch también abandonaba la nave.
La llegada de Claudio Ranieri, con etiqueta de manager general, tampoco proporcionó estabilidad. Responsable máximo de los fichajes y del equipo, fue destituido tras la decepcionante eliminación de la UEFA, tras haber caído primero en la Liga de Campeones.
Con Juan Soler ya como presidente consolidado, el Valencia afrontó la temporada 2005/2006 con nuevo entrenador, Quique, y nuevo director deportivo, Javier Subirats.
Pero el panorama de desavenencias no varió. Subirats, que años antes tampoco comulgaba con Benítez, emprendió un camino por la cuerda floja y acabó estrellándose sin red. Rivalizó abiertamente con Maciá, se enfrentó con Pepe Claramunt, y ante la falta de feeling con el técnico y con el consejo, acabó por echar la toalla antes de que terminara la temporada. Maciá, reclamado por Benítez, también dejó el club. La retahíla de folletines en los despachos del Valencia continuó esa misma temporada con la destitución del director general del club, Manuel Llorente. Fue la puntilla de una temporada tumultuosa.
Pero la historia sigue y se repite. Apenas Amedeo Carboni se hizo cargo de la dirección deportiva en la campaña que ahora está a punto de expirar, las polémicas entre el técnico y el entrenador se convirtieron en el pan nuestro de cada día.
Ni ha habido tregua ni los protagonistas han utilizado la ironía de Benítez con aquello del sofá y la lámpara. Ha sido un pugilato directo que Soler ha intentado solapar con la expresiva frase de que puede seguir uno, el otro, los dos o ninguno. Ahora lo tiene claro. O al menos lo ha tenido estos días. Uno de los dos no continuará. Las experiencias anteriores así lo aconsejan, aunque tampoco será bueno que luego se hable de vencedores y vencidos.