En realidad, patrón, hay momentos en que los italianos parececían esperar un imposible: pero en el mar no abundan las cortezas de plátano y los neozelandeses dan la impresión de haber ensayado, una y otra y otra vez, incluso los resbalones. De modo que no es que hacen las cosas muy bien: es que las hacen perfectas, decididamente redondas y acabadas, como imposibles de mejorar. Y los contrincantes, siendo tan sumamente buenos como son los italianos, pues llegan hasta donde pueden llegar.
Hoy es día de descanso. Pero se puede hacer un balance de lo que ha sido un fin de semana donde valencianos y forasteros, por miles, se han acercado al puerto otra vez a disfrutar de un día de sol, de este anticipo de verano en lo que ya es un enorme parque nuevo de la ciudad. Y es curioso como la gente, con los planos que los periódicos hemos ido publicando, ya va situando los lugares por donde debe pasar, dentro de poco más de un año, el circuito de Fórmula 1.
–Mira, fíjate bien: girarán para pasar por donde está la gran grúa roja, entre Luna Rossa y BMW Oracle, hasta llegar a la base del equipo del Alinghi.
Los diseñadores, si no cambian el trazado, han previsto que los coches de carreras, en efecto, discurran por la zona de trabajo de los equipos situados en el muelle de la Aduana. Eso nos lleve a pensar en una proximidad de las empresas organizadoras de los eventos tan intensa que se puede llamar complicidad. O quizá incluso, eso ya lo veremos, asociación financiera. En todo caso, patrón, más allá de los episodios de campaña del mes de mayo, ahí está la foto del presidente en Londres, tan eufórica, y tan distinta de los lejanos tiempos en que seguramente hubo que explicar dónde diablos estaba Valencia y ayudar a situarla en el mapa.
Funciona. En Valencia está funcionando ese modelo. Y aunque este no es sitio de política, patrón, me duele, hasta la lágrima, el error insigne de los partidos que no han sabido ver por dónde iba la aguja de los tiempos y no se han arrimado más a un toro que era preciso lidiar.
Pero la vida política es eso, una perpetua regata. En la que gana el que hace como vemos a New Zealand: vigilar constantemente al otro, marcarle obsesivamente, aprovechar sus fallos y adelantarse a lo que se supone que hará. Eso, y saber por donde viene el viento, claro.