Esta semana un virus extremadamente contagioso me ha infectado. No es la primera vez que ocurre, porque ya en su día mi hermana me pegó la varicela y el sarampión. Pero esta vez el contagio se ha producido de manera diferente. Ha sido más parecido a otra ocasión en que el infectado resultó ser mi ordenador. El virus, en ambos casos, me llegó empaquetado en un correo electrónico. Al abrirlo encontré una dirección y un comentario acerca de su interesante contenido. Con semejante recomendación no pude evitar pinchar el link y fue así como caí infectada por el virus en cuestión.
El sitio web contenía el programa electoral de un estrafalario candidato a la alcaldía de la capital, un tal Jorge Juan, que según rezaba su lema quería llenar de estilo Valencia. Entre sus disparatadas propuestas me encantó la de garantizar por ley dos horas al día para tomar el sol.
Se veía a la legua que a pesar de estar en plenas elecciones no podía ser real, pero su gracia me atrapó. Tanto que envié la página a algunos conocidos, la comenté durante la cena y contagié con mi entusiasmo a cuantos encontré a mi alrededor. Y ese es precisamente el virus que me infectó. El del marketing viral, una estrategia publicitaria que está causando furor. La táctica toma su nombre de la gran similitud que existe entre su forma de operar y el modo en que se contagia una infección. Una vez que un mensaje te ha calado te conviertes en su transmisor. En realidad, la campaña respondía más bien al tipo de marketing encubierto, pues no se ha sabido hasta hace unos días que detrás de tan extravagantes promesas estaba la promoción de un centro comercial.
Siempre que he sido infectada por una de estas campañas acabo sintiendo una mezcla de admiración y desilusión. Admiración por la creatividad desbordante que demuestran. Desilusión porque muchas de ellas recogen una reivindicación social y la presentan envuelta por un halo de originalidad que seduce a primera vista, pero se desvanece al descubrirse su intención comercial. Me pasó con “Amo a Laura” y su denuncia contra un modelo sexual trasnochado. Con “El robo del escaño de Zapatero”, otra famosa campaña encubierta para reaccionar ante la pobreza. E incluso con una de cosmética, que defendía la belleza real desvelando las mentiras que esconden otras marcas. En el caso de Jorge Juan me hubiera encantado que fuera un auténtico candidato, porque al margen de sus absurdas promesas, ha sido capaz de conectar con los votantes y eso, después de ver los debates televisados, es un logro digno de admirar.