Si a una mujer que triunfa sobre los escenarios y alcanza determinada edad y consagración profesional se le llama “la dama de la escena” o “la dama de la canción”, a Rita Barberá habría que llamarle “la dama del Consistorio”. En su caso, como Amparo Ribelles o Mª Dolores Pradera, lo que le ha hecho ganar el apelativo no es solo la edad sino la permanencia sobre ese peculiar escenario que es la política, durante los últimos 14 años.
Es cierto que la expresión “la dama de...” tiene un matiz negativo, pues es un modo políticamente correcto de decir “mujer mayor” pero la interpretación puede ser positiva si nos atenemos al significado de “dama” como mujer respetable y con una personalidad reconocida.
Afortunadamente en los últimos años la sociedad española ha avanzado mucho al respecto, entre otras razones, por la presencia de mujeres de alta cualificación e inmejorable dedicación a tareas políticas, sociales o profesionales de gran relevancia.
Por eso se puede decir, sin ambages, que Rita es “la dama del Consistorio” sin que esa expresión avale ni su futuro al frente del Ayuntamiento ni la necesidad de retirarse de inmediato de la actividad política. Rita no deja de ser una institución y tal vez por eso es preocupante que toda una institución esté al frente de otra cuando el protagonismo debe tenerlo la segunda.
Pero el ámbito local es muy proclive a la prolongación de los mandatos políticos como ocurrió con Francisco Vázquez en La Coruña o Jordi Pujol en la Generalitat de Catalunya. No resulta extraña, pues, la resistencia de Rita Barberá en el Ayuntamiento de Valencia. Como sucede con otros alcaldes que llegan a representar a la ciudad hasta el punto de identificarse con ella y cuya ausencia crea una sensación de orfandad en los habitantes, Rita, para muchos, es Valencia.
Es razonable que esa identificación se produzca en el ámbito más próximo. Es la vida de una ciudad. Si las inversiones públicas son correctas, el ciudadano lo nota cada vez que sale a la calle o toma el autobús. Si no lo son, también.
A los presidentes de Gobierno, sean buenos o malos en el ejercicio de su cargo, el ciudadano los percibe demasiado lejanos. Por mucho que el Gobierno arregle la red viaria nacional, cuando un español viaja por su patria no asocia esa mejora a la obra directa de su Presidente o del Ministro de turno. En cambio, cuando arreglan el asfaltado de su calle o mejoran la recogida de la basura, el ciudadano sabe que eso es cosa del alcalde o alcaldesa. En lo bueno y en lo malo, como en el ritual del matrimonio.
Con Rita Barberá ocurre algo semejante. Si Valencia está limpia, parece que es Rita quien sale con la mopa a limpiar las calles o si los falleros hacen demasiado ruido parece que Rita está detrás animando la cuchipanda.
En este caso se unen, además, una personalidad y un estilo popular (doblemente popular) que Rita, sabiamente, ha explotado para ganarse el corazón de su entorno. Rita ha sabido salir del despacho oficial para estar en el mercado. El problema es que la alcaldía se lleva desde el despacho aunque deba tener los pies “tocando mare”, esto es, tocando la calle.
De Rita hay quien dice que es megalómana a la vista de las grandes obras que se han realizado en la ciudad, pero mentiría quien dijera que no ha escuchado nunca aquello de “¡Qué cambiada está Valencia! ¡Está preciosa!”, en boca de un amigo que ha pasado algunos años sin acercarse por aquí.
Quien vive en la ciudad tiene sus reticencias cuando se encuentra con paisajes poco agradables como el hipermercado de la droga. Sin embargo, no puede negarse el crecimiento exponencial de la capital en muchos aspectos sociales, culturales, urbanísticos o medioambientales, aunque no siempre se pueda atribuir el progreso solo a una gestión adecuada de los recursos públicos. Es también fruto de la propia dinámica de expansión de la ciudad gracias a la bonanza económica y a la llegada de población nueva que se instala aquí y contribuye a que muchos exclamen, sin ánimo de ocultar una evidente envidia: “¡Qué bien vivís en Valencia!”.
Entre la convergencia de factores, el mimo de la meteorología y el buen hacer de los valencianos, Rita ha sido y es la “mamma” que acoge en su mesa a todos los miembros de la familia. Ella no es la familia, no la resume ni la abarca por completo, pero la preside, la encabeza, la representa y la defiende, con o sin razón, frente a los enemigos externos. Sean ministros, burócratas o inversores extranjeros... Y disfruta cada vez que, como ahora, con la América’s Cup i Casal, presume de ella ante los demás.