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El acrónimo ZP fue creado por el publicista Joan Campmany, quien luego escribió un libro explicando el lanzamiento mediático de Zapatero. Menos éxito ha tenido el mismo Campmany con las vallas fúnebres de Pla y Alborch, finalmente retiradas.
Lo cierto es que ayer, la Fonteta de San Luis escenificó la apoteosis orgásmica de ZP ante 9.000 enfervorizados fieles. Él fue protagonista absoluto del mitin socialista. En segundo lugar, la candidata a alcaldesa de Valencia, la más elogiada, con mucho, por el presidente de Gobierno y a la que la multitud jaleaba: “Zapatera, zapatera”. En un plano injustamente más modesto en las citas presidenciales, Pla. De los candidatos a la alcaldía de las otras tres grandes ciudades, Juanma Calles, Etelvina Andreu y Alejandro Soler, ZP se olvidó por completo.
En cierto modo, Zapatero vive preso del círculo madrileño al que pertenecen por méritos propios tanto Alborch como el ministro Jordi Sevilla y la secretaria de Estado Leire Pajín, asistentes también al mitin. Es el síndrome de lo que un psicólogo denominaría endogamia política monclovita.
Por eso, también, inevitables referencias, cómo no, “a la guerra” y a la “propaganda, crispación y mentiras” del PP frente a las cuantiosas inversiones de su Gobierno en la Comunitat. A 180 kilómetros de distancia, el denostado PP, espoleado por el viento a favor de las encuestas, celebraba con Mariano Rajoy un acto electoral que emitía un aroma estrictamente autonómico y hasta provincial, si me apuran, con apoteosis final de Rajoy, Camps, Díaz Alperi y Ripoll unidos, aunque no revueltos. Cada partido habla de lo que le interesa, en función del corte informativo de las cadenas de televisión. Resulta curioso que ayer la crítica más dura, tanto del omnipresente Zapatero como de Pla, no fuese para Camps ni para Rita Barberá –silenciada por completo–, sino para Canal Nou, auténtica bicha de los oradores.
Y es que, si uno no aparece en televisión no es nada.