rosario sepúlveda
Carlos Castilla del Pino (San Roque, Cádiz, 1922) se forjó un proyecto profesional cuando todavía era un niño y, pese a los sinsabores — “he tenido frustraciones porque mi aspiración hubiera sido ser catedrático de Universidad a los treinta y cinco años”—, reconoce que ese proyecto no se ha torcido apenas. Dotado de una profunda moral del trabajo, que procuró contagiar a los 300 discípulos que pasaron por el Dispensario de Psiquiatría de Córdoba que dirigió durante 37 años, Castilla del Pino siempre ha combinado la práctica clínica con la investigación de los fundamentos neurológicos de las enfermedades mentales. Y sugerentes títulos como La culpa, La Incomunicación o El Delirio jalonan su extensa producción psiquiátrica. Todavía pasa consulta en Córdoba y el cariño de gran parte de los 100.000 pacientes a los que ha atendido es uno de sus grandes orgullos. Pero este perfil quedaría incompleto sin mencionar su faceta como escritor y académico de La Española.
En su vocación precoz tuvo una gran importancia Ramón y Cajal. ¿Qué le fascinó de su biografía?
Recuerdo que el segundo libro serio que leí fue Recuerdos de mi vida, de Santiago Ramón y Cajal. Y como quería ser médico y no arquitecto, como deseaba mi padre, me fascinó su figura, la de ese hombre heroico que trabaja solo, a veces en la miseria, con unos medios ridículos en la España de entonces, de absoluta atonía e indiferencia hacia la ciencia. Me fascinó su heroísmo, ese estar contra todo y a pesar de todo.
Con 84 años todavía pasa consulta. ¿No concibe la idea del retiro?
Mire usted, la concebiré cuando yo sea consciente de mi incompetencia. Y si me la hacen ver los demás, espero tener el suficiente aplomo como para pensar que ya no sirvo y que debo retirarme. Pero de momento, no, porque a mí la consulta me fascina en el doble sentido de poder aliviar y también de poder aprender, y lo digo sin arrogancia. Uno aprende porque la figura del ser humano es irrepetible y cada uno es, no ya de su padre y de su madre, un universo. Por eso considero que vivo una vida de excepción frente a muchos amigos míos que son muy inteligentes y que a veces se asombran de lo que yo he vivido.
¿Qué es lo que más valoraba de los aprendices que pasaban por el dispensario o de sus alumnos?
En muchos de ellos he valorado su inquietud intelectual. Y, en todos en general, me enorgullece mucho la moral del trabajo, es decir, el saber que viven su trabajo con entusiasmo y que, en gran parte, ellos consideran que ese entusiasmo se lo contagié yo. La moral del trabajo, es decir, vivir la profesión seriamente.
Usted dice, además, que “el gran fracaso es no poder realizarse”.
Sí, esa es la gran derrota, no llegar a poder ser, ni siquiera asomarse al que se deseó ser.
Es autor de ‘Un estudio sobre la depresión’. ¿Cree que la educación puede ayudar a prevenirla?
Hoy se habla mucho de depresión, pero las verdaderamente serias, que tienen un carácter casi sicótico, son relativamente escasas, y en ellas los factores genéticos son decisivos. Mientras que hay otras depresiones, que se han llamado reactivas, que están muy ligadas a circunstancias biográficas y, sobre todo, a la culpa y al sentimiento de fracaso personal, por no haber podido llegar a ser lo que uno ha querido ser, porque no estamos hablando de una ambición imposible. Si uno quiere ser Napoleón, naturalmente es ridículo, se trata de que uno ha deseado ser algo que era posible, y que dependía de su capacidad para poner la carne en el asador.
¿El estrés o el estilo de vida acelerado influye?
No, el estrés produce cansancio, fatiga y, a veces, un deseo de tirar la toalla. Pero lo que sí provoca la depresión es, muchas veces, la competitividad. Mucha gente yerra cuando lo que trata de ser es más que el otro. Uno tiene que ser el que quiere ser, no ser más que, porque eso es imposible.
Un científico académico de La Española, ensayista muy celebrado... ¿Se ha enriquecido gracias a otras disciplinas?
Desde luego. Yo he tenido un interés fundamental que ha sido la psiquiatría y la psicopatología, pero después he creído siempre que las disciplinas no son compartimentos estancos. He conocido muchos científicos eminentes en su ciencia y, sin embargo, cuando uno los trata experimenta una gran decepción porque no se han enriquecido como seres humanos.
Realmente, uno no puede vivir todas las vidas, y la mejor manera de vivirlas es sumergirse con la literatura. Cuando uno lee Madame Bovary uno vive la vida de esa desgraciada mujer que, en su vida, no se la tropezaría. Y quien dice Madame Bovary, dice Guerra y Paz, Crimen y Castigo o los personajes de Chejov, que me seducen muchísimo, es uno de mis autores preferidos.
A los profanos nos extraña que los científicos atribuyan tanta importancia a la creatividad en sus investigaciones. ¿Está de acuerdo?
Sí, creo que los grandes científicos la tienen. Einstein, Max Plank, Gödell, entre otros muchos, son hombres que jamás visitaron un laboratorio, todas sus experiencias son puramente mentales. Y, sin embargo, han revolucionado la visión, la cosmología... Esa gente no ha vivido la cosa empírica, sino, simplemente, en un mundo mental. Todas sus operaciones son abstractas, ni el cero ni el infinito existen, son creaciones de los matemáticos y, sin embargo, fíjese si han tenido utilidades. Después, vienen los artesanos. Pero el gran científico está sumido en la propia creatividad, en ese mundo puramente suyo, como el artista. De Beethoven se conocen 12 borradores de la Novena sinfonía.
Son muchos años compaginando trabajos, impartiendo docencia... Seguramente en su progresión profesional ha seguido un puñado de máximas, ¿cuáles?
Mire usted, yo creo que es importante que de niño se sepa quién se es para saber qué se puede y qué no se puede hacer. Me parece muy importante que se haga tomar a los niños conciencia de su propia identidad. Y también inculcarles qué quieren ser. Yo se lo pregunto muchas veces a mis pacientes niños, y no con esa curiosidad de: “Oye, tú, qué quieres ser cuando seas mayor”, sino qué quieres ser de verdad, seriamente. Los niños deben tener un proyecto, aunque su contenido pueda cambiar y después de ingeniero se quiera ser ciclista. La tercera cosa es vivir apasionadamente esa tarea que te has impuesto.