Domingo, 13 de mayo de 2007
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Tarancón, el cardenaldel cambio
Mañana se cumplen cien años del nacimiento en Burriana de Vicente Enrique y Tarancón, un hombre clave en la Transición española
Mañana se cumplen cien años del nacimiento en Burriana de Vicente Enrique y Tarancón, un hombre clave en la Transición española
Un día de comienzos de 1974, Vicente Enrique y Tarancón, arzobispo de Madrid, cardenal y presidente de la Conferencia Episcopal Española, salió con gesto serio de su casa, subió a un coche con la premura de un furtivo y se dirigió al piso de un viejo amigo para pasar allí la noche. Poco antes, un militar con el que mantenía una buena relación le había telefoneado para advertirle de que un grupo de ultras, de los que alardeaban de defender la religión ante los embates del marxismo internacional, planeaba asaltar la sede arzobispal y darle un escarmiento.

El cardenal Tarancón, conversador brillante, fumador incansable, melómano apasionado y demócrata convencido, había suscitado semanas atrás las iras de los sectores más reaccionarios en el funeral del almirante Carrero Blanco, asesinado en un atentado de ETA.

Su figura se agigantó el 27 de noviembre de 1975, cuando en la homilía de la misa en la iglesia de los Jerónimos ante el recién proclamado Rey Juan Carlos, re presentantes de numerosos go biernos, altos cargos del Ejército y la plana mayor del régimen franquista sorprendió con una defensa de la libertad, los derechos humanos y la participación ineludible de todos los ciudadanos en las tareas de Gobierno. Para muchos, aquel día se dio el pistoletazo de salida de la Transición.

Mañana se cumplen cien años del nacimiento del cardenal Tarancón (Burriana 1907-Valencia 1994), la figura más relevante de la Iglesia española en el siglo XX, que fue además uno de los artífices, si bien en la sombra, de la transición desde un régimen totalitario hasta una democracia. Cuando reclamó libertad, justicia y participación política para todos no estaba haciendo nada que no pidiera la mayoría de la sociedad española, pero nadie antes se había atrevido a decirlo en público y ante las más altas instancias del régimen que precisamente había apelado a la defensa de la Iglesia –entre otras razones– para justificar la supresión de las libertades.

Aquella homilía del 27 de no viembre fue sólo un punto de partida ante la sociedad española. Su actuación discreta pero tenaz en los años siguientes terminaría por asociar su figura a la Transición misma, explica Ricardo Blázquez, presidente hoy de la Conferencia Episcopal y obispo de Bilbao. ‘‘Tarancón estuvo siempre en sintonía con el pensamiento de Pablo VI y se apoyó en las conclusiones del Concilio Vaticano II para establecer cómo debían ser las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Él decía que debían estar guiadas por la cordialidad desde la independencia’’, comenta Blázquez.

Cordiales e intensas fueron tam bién sus relaciones con los líderes políticos. Con todos. Santiago Carrillo, entonces secretario general del Partido Comunista de España (PCE), recuerda que se entrevistó con él por primera vez a comienzos de 1977, tras pasar una semana en la cárcel y antes del sábado rojo de Semana Santa en que Adolfo Suárez legalizó las siglas más denostadas por el franquismo. ‘‘Luego lo hicimos muchas veces más, en ocasiones en un convento de monjas del centro de Madrid, otras en algún lugar a las afueras. Lo hacíamos sin escondernos, pero en sitios discretos’’.

Carrillo era uno de los más sorprendidos por la actitud de Tarancón al frente de una Iglesia que había colaborado tantos años con la dictadura.

Otro que tampoco había podido ni soñar la homilía y el posterior papel del cardenal era el teólogo Enrique Miret Magdalena. ‘‘Fue muy valiente, porque durante el franquismo había tenido muchas dificultades. Por ejemplo, cuando defendió a los obreros de Acción Católica ante el ministro de Trabajo. Esa actuación y otras, como su liderazgo en la Asamblea de sacerdotes y obispos de 1971, le habían dado mucho predicamento entre la gente y los obispos’’, argumentó el teólogo.

En busca de un pacto
El historiador de la Iglesia Juan María Laboa asegura que cuando Francisco Franco murió el cardenal Tarancón llevaba ya dos décadas defendiendo que pese al tiempo transcurrido desde la Guerra Civil no se había producido una verdadera reconciliación en España.

El cardenal pertenecía a un grupo que dentro de la Iglesia española había propiciado algunos movimientos para que fuera posible la democracia después de Franco. Laboa cita a modo de ejemplo que las primeras Comisiones Obreras encontraron sede y refugio en numerosas parroquias de barrios obreros.

Pablo VI, que conocía con detalle cuanto pasaba en España, lanzó a comienzos de 1975 la idea de un año de la reconciliación; un guiño a los sectores democráticos y un molesto dolor de cabeza para el régimen franquista, que observaba con preocupación cómo se habían ido extendiendo por el país los grupos de cristianos de base que defendían, aunque fuese con prudencia, la necesidad de un nuevo sistema político que respetase escrupulosamente los derechos humanos.

Así que, desaparecido el dictador, Tarancón se aplicó sin tardanza al empeño de conseguir como fuera un acuerdo entre todas las sensibilidades políticas.

Sus conversaciones con los líderes le convirtieron en una de las personas mejor informadas y más influyentes de aquella época. ‘‘Por eso nunca albergó temor alguno a que la Transición fracasara. Sabía del interés sincero de todos por conseguir acuerdos’’, explica José María Martín Patino, que fue provicario de la diócesis de Madrid-Alcalá y mano derecha del cardenal.

Desde el principio, dejó muy claro a los partidos que la Iglesia no apoyaría opción política alguna. ‘‘Los católicos podían estar donde prefirieran, y no sólo en la Democracia Cristiana. En todos los partidos había un sector católico. Incluso en el PCE, donde lo lideraba Alfonso Comín’’, recuerda con precisión Santiago Carrillo.

Esa decisión de dar libertad a los fieles enfrentó al cardenal con media docena de obispos que no la aceptaban. Fueron los mismos que, ante el referéndum constitucional, difundieron pastorales en sus diócesis pidiendo el no. Justo lo contrario que Tarancón, que escribió una meditada carta solicitando el sí y aportando razones de peso para ello.

Y eso que no todo le gustaba en la Carta Magna. No le gustaba, por ejemplo, la mención expresa a la Iglesia en el artículo 16: ‘‘Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones’’.

Martín Patino sostiene que habría preferido que hablara tan sólo de colaboración entre el Estado y las confesiones religiosas. ‘‘Pero los dirigentes de la UCD insistieron en ello, porque creían que eso iba a darles votos, y él se resignó’’.

Tarancón perdió esa batalla, pero antes había ganado otras, como la del Concordato. En vida de Franco, se opuso a la firma de un nuevo Concordato, que era lo que pretendían el Gobierno y los sectores más tradicionales del obispado. Y logró que se sustituyera el existente por acuerdos parciales, que dejaban a las partes mucho mayor margen de maniobra.

‘‘Seguramente fue una época muy dura para él, porque además se sucedieron los acontecimientos difíciles, como el caso Añoveros’’, explica monseñor Blázquez.

Quizá ese difícil juego de equilibrios ‘‘le llevó a dar una de cal y otra de arena para poder seguir haciendo cosas’’, dice Miret Magdalena sin que haya reproche en ello.

Al contrario, el veterano teólogo reconoce la valentía y el rigor de sus artículos en la revista Vida Nueva, cuando dejó de ser presidente de la Conferencia, en los que defendía la democracia en general y no sólo la visión cristiana de la misma.

Su papel en la Transición española no ha sido sin embargo debidamente reconocido. Dejó la cúpula de la Conferencia Episcopal con discreción y poco después el arzobispado de Madrid. Ni siquiera hoy puede hablarse de un legado explícito del cardenal, una figura que resulta del todo desconocida a las nuevas generaciones de españoles. En parte, justifica Pedro Miguel Lamet, jesuita y analista de temas religiosos, porque ‘‘faltan en la Iglesia española líderes brillantes, decididos, arriesgados. Hoy se apuesta por personas obedientes y piadosas y la jerarquía ha perdido mucho peso en el Vaticano’’. En parte también porque el centro de gravedad en la Conferencia Episcopal se ha desplazado.

Miret Magdalena recuerda que Tarancón pudo dirigirla con mano firme porque el grupo de opuestos a las reformas era reducido y porque todos sabían que tras él estaba el Papa. ‘‘Los últimos presidentes, en cambio, apenas han tenido influencia y hay una mayoría de obispos que son bastante más conservadores que Benedicto XVI’’.

Carrillo lo explica de manera muy gráfica: ‘‘Hoy sería imposible que la Iglesia jugara un papel como el de entonces. Primero porque los partidos, o al menos algunos, no estarían dispuestos; y segundo, porque quizá, no su presidente pero desde luego buena parte de la Conferencia Episcopal, está absolutamente alejada del espíritu de Tarancón’’.

 
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