‘‘Tarancón al paredón’’ era una frase lapidaria que lucían las paredes de Madrid en la primavera de 1974 y que pasaría a los anales de la historia. El cardenal llevaba casi tres años al frente de la Conferencia Episcopal y los sectores de la ultraderecha más apegados al régimen de Franco no le perdonaban su talante aperturista.
En los tenderetes de las juventudes de Fuerza Nueva se vendían libros como
La infiltración comunista en la Iglesia española
. Tarancón era un ‘‘rojo’’ que había traicionado la Carta de 1937 en apoyo de la ‘‘Cruzada’’. Cabeceras como
¿Qué pasa?
o
Iglesia Mundo
redoblaban su munición contra el purpurado.
La Asamblea Conjunta de obispos y sacerdotes de 1971 venía a zanjar un ciclo abierto por la Carta de 1936. Incluso se pretendía pedir perdón por la Guerra Civil. A Tarancón se le acusaba ya de ‘‘hacer política’’. También a sus colaboradores.
Se abría una década virulenta y decisiva. Los trabajadores se encerraban en los templos, las homilías eran multadas y la cárcel concordataria de Zamora se llenaba de reclusos con sotana.
El caso Añoveros desencadenó una grave crisis entre la jerarquía católica y el Gobierno de Franco, tras una homilía del obispo de Bilbao que aludía a la ‘‘liberación de los pueblos oprimidos’’.
Tarancón tenía muy clara su misión. Pablo VI le promocionó para pilotar el cambio de la Iglesia y dar carpetazo al nacional catolicismo.
Franco murió en 1975. La oración fúnebre de Tarancón en El Pardo ante el féretro del caudillo ya apuntalaba su discurso del cambio.
El 27 de noviembre fue la coronación de don Juan Carlos en los Jerónimos. La homilía de Tarancón pasaría a la historia. ‘‘España, con la participación de todos y bajo vuestro cuidado, avanza en su camino y será necesaria la colaboración de todos, la prudencia de todos, el talento y la decisión de todos para que sea el camino de la paz, del progreso, de la libertad y del respeto mutuo que todos deseamos’’.
Y marcó la hoja de ruta de la Iglesia. ‘‘La fe cristiana no es una ideología política ni puede ser identificada con ninguna de ellas, dado que ningún sistema social o político puede agotar toda la riqueza del Evangelio ni pertenece a la misión de las Iglesia presentar opciones o soluciones concretas de gobierno en los campos de las ciencias sociales, económicas o políticas’’.