Domingo, 13 de mayo de 2007
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C. VALENCIANA

marinero en tierra
La oportunidad del homenaje al cardenal Tarancón
El pasado 11 de Mayo se iniciaron en Burriana unas jornadas destinadas a conmemorar el centenario del nacimiento del Cardenal Vicente Enrique y Tarancón. El 14 de Mayo de 1907 nacía en este pueblo de Castellón uno de los personajes más significativos de la España del siglo XX. Tan significativo en los últimos años del franquismo que los historiadores le han llamado “el Cardenal del cambio”.

Este homenaje, que se inicia ahora y culminará a final de año cuando se conmemore también la fecha de su muerte en Valencia el 28 de noviembre de 1994, no sólo tiene el valor que le atribuyen sus paisanos. Se trata de un homenaje que desbordará las intenciones biográficas por dos razones. Se convertirá en el contrapunto más interesante para quienes plantean una memoria histórica sin horizonte de reconciliación y se pondrá de relieve el papel que el factor católico ha tenido en la consolidación de la democracia.

Para los jóvenes, la transición política y la consolidación de la democracia son acontecimientos que se asocian al prehistórico nacimiento de una televisión que ha conmemorado su medio siglo de vida y a la exitosa serie Cuéntame. Muchos que votaron en el 2003 y votarán ahora en el 2007 tienen una visión simplificada porque se han acercado a través de la narración de Carlitos Alcántara. Una visión técnicamente impecable pero históricamente discutible. Primero porque el protagonismo de la Iglesia católica no se limitó al activismo de las parroquias donde un importante porcentaje de los sacerdotes acabó secularizándose, y segundo porque la metamorfosis del eurocomunismo estalinista y revolucionario al parlamentarismo socialdemócrata fue menos significativa de lo que aparece en la serie.

En este sentido, el Cardenal Tarancón forma parte de un imaginario juvenil que se ha construido fragmentariamente y a golpe de series televisivas. Un imaginario donde aparece tan sólo como un líder excesivamente político y donde han desaparecido por completo alguno de sus perfiles humanos más interesantes. Por ejemplo, el perfil de un pastor popular de la postguerra que se atreve a reclamar justicia social en una explosiva pastoral (El pan nuestro de cada día, dánosle hoy, 1949); el perfil de un simple obispo que se siente libre y que confía en la libertad de la iglesia o, sin ir más lejos, el perfil de un capitán de obispos que a las órdenes del entrenador en Roma está dispuesto a mantener el juego limpio democrático aunque eso no garantice la victoria.

Es bueno que el homenaje parta de sus paisanos y desde la Iglesia del Salvador de Burriana se nos recuerde a todos los valencianos el perfil radicalmente humano y, a veces, demasiado humano. Perteneció a una generación que empezó y terminó fumando un tabaco de petaca que llamábamos “caldo”, que liaba los pitillos con una habilidad pasmosa y que era capaz de tener el cigarro pegado mágicamente a los labios sin interrumpir la conversación. Ese resto de cigarro con el que aparece en numerosas fotografías no era ningún “canuto”, que no se equivoquen, que no se le llamaba “cardenal del cambio” por anticipar el porro.

Lo del cambio fue otra cosa. No se trató solamente de un cambio político para que se hiciera posible lo que se llamó la “transición política”. Si así hubiera sido, el valor de su figura se hubiera limitado a corregir la identificación del catolicismo sociológico con un partido político explícitamente “demócrata-cristiano” y la famosa homilía de los Jerónimos que pronunció en la misa de coronación de su majestad Juan Carlos I.

Se trató también de un cambio social porque había que preparar la Iglesia para una sociedad abierta, cosmopolita y menos autista. Una iglesia que en apenas una generación de clérigos debía pasar de una cultura tridentina pre-moderna a una teología conciliar moderna para terminar en el fragmento lúdico postmoderno. Si la transición política se realizó con éxito no podemos decir lo mismo de la “transición teológica” y buena muestra de ello está en una polarización de unos sacerdotes que oscilan entre una restauración defensiva y el neo-anticlericalismo sociológico.

Y también lideró cierto cambio cultural para que los católicos se sintieran responsables de su patrimonio moral. Recordó que los católicos no tienen el monopolio en la legitimación del poder político y por eso soltó lastre del nacional-catolicismo. Pero también recordó la legitimidad de los católicos en la construcción de una ética democrática. Una transición cultural que realizaron los católicos y que aún tienen pendiente los laicistas de bodeguilla cuando se empeñan en encerrar a los católicos en la sacristía. Precisamente el lugar del que Tarancón los sacó.

 
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