El susto que ayer de madrugada se llevaron dos empleadas de limpieza de la Empresa Municipal de Transportes (EMT) de Valencia fue tremendo. Como cada noche, las encargadas de adecentar el interior de los autobuses estacionados en las cocheras realizaban su tarea cuando se toparon con algo absolutamente inusual: un hombre inconsciente tumbado en el suelo de uno de los vehículos.
El reloj marcaba las tres y media, según informaron responsables de la propia empresa. Rápidamente, los empleados de la EMT solicitaron por teléfono la presencia urgente de una ambulancia, ya que el hombre no respondía.
Una ambulancia del SAMU se desplazó rápidamente a las cocheras de San Isidro y, tras varias maniobras, el personal sanitario logró reanimar a la víctima. Al parecer, según las mismas fuentes, “se trataba de un enfermo de epilepsia y fue evacuado al Hospital Clínico de Valencia”. Pero la duda es: ¿Cómo llegó el hombre al suelo del transporte público sin que nadie se percatara de su presencia allí?
Trayecto nocturno
Al parecer se subió al autobús en un punto desconocido del trayecto del vehículo, posiblemente en su última ruta nocturna. La víctima, de unos 30 años, sufrió un ataque de epilepsia tras el cual acabó tumbado bajo los asientos traseros. Ello impidió que los pocos pasajeros que iban por delante se percataran de que estaba indispuesto.
Tampoco el chófer se dio cuenta de lo que había ocurrido, con lo que siguió la ruta con normalidad hasta que el autobús se quedó vacío. Al menos en apariencia.
Como de costumbre, el conductor regresó a su base sobre las dos de la madrugada y estacionó el vehículo. Fuentes de la EMT no pudieron precisar si revisó el autocar antes de apearse, lo cierto es que el empleado no advirtió la presencia del enfermo en el interior. No fue hasta el momento de la limpieza, casi hora y media después, cuando se descubrió al pasajero olvidado.
Algo parecido ocurrió el 30 de diciembre de 2003. Algunos de los usuarios de la línea 90 de la EMT viajaron ese día en compañía de un cadáver. El de un hombre de 67 años que vio el final de su vida sentado en un asiento del autobús, con su cabeza apoyada en una ventana. Según fuentes policiales, así viajó durante aproximadamente media hora por Valencia, sin que ningún pasajero advirtiera que había fallecido.
“¡Menuda faena!”
“Esto no me había pasado nunca. ¡Menuda faena!.”, lamentó entonces Antonio Llorens, el conductor del autobús. A las 11.40, el autocar, un circular de la ronda de Tránsitos, se detuvo en la avenida de Campanar, a la altura del número 21, junto al hospital La Fe. Se trataba de una parada de regulación y los pasajeros, poco a poco, se apearon del vehículo e hicieron trasbordo a otro autocar de la Línea 90.
Salieron todos menos uno. El hombre estaba sentado en un asiento lateral de la cuarta fila apoyado en la ventana y la primera impresión que tuvo el chófer es que se había quedado dormido. “La verdad es que a primera vista no le veía tan mala cara”, reconoció el conductor.
El empleado se dirigió al hombre. Le indicó que el trayecto había finalizado y que debía apearse. Obtuvo el silencio por respuesta. Pensando que su sueño era profundo, lo tocó para despertarlo, pero todo fue en vano. La cosa no pintaba bien y, al final, el chófer optó por solicitar la presencia de personal médico que confirmó la desgracia.
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