Desde luego, ni hecho adrede. Justo en la semana más trágica en la que ha vuelto a ocupar puesto de descenso y a la espera de un crucial partido contra el Getafe, el Levante ha sido capaz de reunir todos los condicionantes para agitar todavía más el nerviosismo que se percibe, tanto dentro como fuera del vestuario. Por si no había bastante preocupación por el hecho de colgarse de nuevo la etiqueta de equipo de Segunda, ahora va y a Cavallero y a Riga no se les ocurre otra cosa que calentarse verbalmente en el campo para atizarse después en el vestuario, precisamente el día que ni Abel ni Sabas (su ayudante) están presentes en Buñol tras la decisión de ambos de tomarse el día libre aprovechando que el domingo estaban en Madrid.
En el consejo de administración ni ha sentado nada bien conocer un nuevo roce entre los futbolistas (semanas atrás Manolo y Meyong Ze llegaron a las manos en un entrenamiento a la vista de todos) ni tampoco que el entrenador y su segundo se hayan permitido el lujo de ausentarse de la primera sesión de trabajo semanal justo cuando más sensibilidad se percibe en todos los estamentos. Ahora habrá que ver cómo resuelve la directiva la situación que se ha creado, tanto en lo que se refiere a la falta de disciplina de los dos jugadores como a la decisión de los técnicos que, según parece y se ha apuntado desde el propio club, desconocía incluso el mismo presidente, Julio Romero.
Desde luego, hay antecedentes para todos los gustos. En su día no hubo sanción para Manolo ni para Meyong Ze, pero también es verdad que Riga, en apenas unas semanas, se ha visto envuelto en su tercera polémica personal. Primero fue su viaje a Holanda (3.000 euros de multa) y segundo por la famosa cadena de oro al cuello que le valió la expulsión en Anoeta (4.000 euros). Ayer, el roce lo tuvo con Cavallero. No es la primera vez que el argentino y el ghanés tienen sus más y sus menos. La temporada pasada entre ambos en un entrenamiento hubo algún chispazo.
El peor parado, Meyong Zé
En esta ocasión, un comentario del meta en pleno– entrenamiento encendió la mecha. Riga le pidió explicaciones sobre el césped pero dentro del vestuario del enfrentamiento verbal se pasó al intento de agresión. Volaron los manotazos aunque, curiosamente, los peores parados fueron Meyong Ze (tuvo que ser atendido por una brecha justo debajo del ojo) y uno de los fisioterapeutas, Paco Selva, que procuraban en presencia de Salva y Reggi poner paz entre los alterados Riga y Cavallero. Desde luego, la tranquilidad brilla por su ausencia.
Lo más curioso es que Abel, desde que llegó, se ha empeñado en darle una importancia vital al estado psicológico del grupo y estos enfrentamientos juegan en su contra y sobre todo en contra del Levante. Como también no sentó pero que nada bien entre el grupo de futbolistas el autopermiso que Abel y Sabas se dieron para no subirse a la salida del Calderón al autocar del equipo.
En el viaje de regreso se hizo patente el malestar entre los jugadores, que no acabaron de encajar con agrado la decisión del técnico, máxime después de una derrota que ha levantado una profundísima herida. Hay consejeros que no descartan, incluso, que los servicios jurídicos pudieran a tomar cartas en el asunto si Abel no tiene un argumento de peso (lo de Sabas todavía se explica menos). Eso, desde luego, alimentaría todavía más el sentimiento de que las cosas no van por el camino correcto.
Iniciativas sin respuesta
Lo cierto es que Abel ha perdido fuerza –otros lo consideran credibilidad– en este más que dudoso Levante. El técnico toledano no ha sido capaz de mejorar la herencia de López Caro. Es más, hasta la ha empobrecido. De nada ha servido ni la concentración de Oliva donde se busca la máxima implicación ni la zambullida que se ha pegado el máximo accionista, Pedro Villarroel, cuya marcha de la presidencia era para conseguir justo lo contrario. El entrenador pidió la total implicación del dueño del club y en apenas tres semanas, Villarroel ha estado tres días concentrado con el equipo (en Barcelona), se ha reunido en diversos momentos con los jugadores (ya sea por grupos o en su totalidad) pidiéndoles entrega tras explicarles incluso los proyectos de futuro del Levante, ha comido y viajado con ellos en el autobús (el día del Betis) y hasta les ha vuelto a ofrecer una nueva y jugosa prima por un nuevo bloque de cuatro partidos que, curiosamente, arrancaba con la cita del Vicente Calderón. De nada ha servido ni el dinero ni los mensajes apelando al corazón.
El equipo está atascado aunque la realidad es que el domingo que viene todo puede ponerse de cara porque, en definitiva, el margen entre los equipos implicados (sobre todo Celta y Athletic de Bilbao) en el descenso es tan escaso que en un partido cambia el panorama por completo. De cualquier forma, lo que debe realmente cambiar es el juego del Levante y, en especial, la puntería. Si contra el Getafe se falla lo que se falló ante el Atlético, es más que probable que el domingo el equipo de Schuster no se vaya de vacío del Ciudad de Valencia.