En la música, como en casi todos los campos de la vida, lo que importa es el talento y no el género. El hecho de ser mujer puede impactar a algunos, pero es un efecto que se desvanece con rapidez. Todos somos instrumentos al servicio del público, y nuestro principal objetivo es ser capaces de transmitir la pasión que sentimos por la música.
En ese sentido, ser directora de orquesta es un grandísimo privilegio, pero también una gran responsabilidad. Para mí, hablar de liderazgo no es una cuestión formal, sino moral; es hablar de generosidad, de tolerancia y de implicación personal.
El público muchas veces se queda con la imagen del director subido en el podio, pero pocas personas se dan cuenta de todo el trabajo que se realiza antes: nunca voy al concierto sin tener la obra estudiada en profundidad; cada actuación es precedida de muchas horas de estudio y análisis. Pero sin la orquesta, sin el equipo, todo ese trabajo no sirve de nada. Quizá, lo que define al director de orquesta es su capacidad para aglutinar individualidades artísticas, gestionando cada talento y administrando los escasos recursos disponibles (sobre todo en lo que a horas de ensayo se refiere).
En definitiva, todo pasa por convencer a los miembros de la orquesta para que den lo mejor de sí mismos. Formamos parte de un todo y debemos exigir a nuestros compañeros tanto como nos exigimos a nosotros mismos. No se rinden cuentas ante el director ni se valora nuestra actuación de manera individualizada; músicos y director, en conjunto, buscamos una única cosa: emocionar al público presente, hacerles vibrar, sentir, como nosotros. Y ese objetivo sólo se alcanza con un equipo implicado al 100%, con el compromiso psicológico de cada miembro de la orquesta.
No puedo imaginar mi vida sin música, creo que nadie puede hacerlo… por eso lamento la poca importancia que se da en nuestro país a su enseñanza, a pesar de que contamos con infraestructuras que causan envidia fuera de nuestras fronteras. La música es fundamental en la educación de los niños, porque, más allá de su conocimiento, fomenta valores tan importantes como el sacrificio, el trabajo en equipo, la tolerancia y la comunicación (sobre todo la importancia de escuchar, no basta con oír).
Precisamente, fruto de esta visión, nació «Música para no olvidar», una iniciativa solidaria que se sirve de la música como herramienta generadora de identidad y memoria. El pasado miércoles celebramos un concierto en el Auditorio Nacional de Música de Madrid cuya recaudación se destinará, íntegramente, al Proyecto Alzheimer impulsado por la Fundación Reina Sofía. El evento, en mi modesta opinión, fue todo un éxito, lo que llenó de alegría y satisfacción a todos los implicados, sobre todo teniendo en cuenta que la suma recaudada se destinará a la financiación de los últimos capítulos de la construcción y equipamiento del centro sociosanitario que SS.MM. los Reyes inauguraron el pasado 8 de marzo del presente año, y parte a financiar futuros programas de investigación.
Pero quedan muchas cosas por hacer, y por eso hago un llamamiento desde estas páginas para que, quien lo desee, colabore
realizando donaciones a la «fila cero» habilitada para tal efecto (Bankinter 0128 - 0010 - 95 - 0100135283). Con el compromiso de todos, podemos hacer realidad este sueño.
Iniciativas como ésta son las que hacen que mi profesión tenga sentido. No hay vehículo más potente que la música para concienciar y movilizar a la sociedad, no existe un lenguaje más universal.
inma shara
inma.shara@thinkingheads.com