Cristina Alberdi se ha movido con soltura en campos muy diferentes, pero en todos ha estado rodeada de grandes equipos. ‘‘He buscado que fuera gente despejada. ¡Despejada!’’, —exclama sonriente— ‘‘Gente que no se atorara. La gente que se atora y se ahoga en un vaso de agua, no...’’. Le cuesta acabar la frase y prefiere centrarse en las cualidades que sí le gustan: ‘‘Necesito trabajar con gente despejada, rápida, dispuesta y motivada. Siempre he trabajado mucho, yo la primera, y la gente estaba muy motivada. También es verdad que siempre hemos trabajado en temas apasionantes y claro, la motivación surge’’.
¿Y qué tipo de liderazgo ha ejercido con su equipo, con la gente con la que ha trabajado?. ‘‘Muy cordial, siempre de tú a tú. Cuando era ministra, recuerdo que organizaba reuniones de dirección todas las semanas. Se participaba muchísimo y la gente estaba contenta’’.
Por delante de Europa
Cuando mira hacia atrás, no puede evitar enorgullecerse: ‘‘Empezamos en una situación de terrible discriminación de las mujeres. Comenzamos a luchar poquito a poquito y en muy poco tiempo —porque para la historia de un pueblo, treinta años no es nada— se ha producido una transformación en la dirección que nosotras queríamos’’.
‘‘Lo que te da una enorme satisfacción es pensar que en los años transcurridos hemos luchado mucho, pero hemos conseguido una cantidad de cosas... En cuando a los derechos de la mujer, incluso comparándonos con la Unión Europea, estamos en una situación prominente’’.
Pero no se duerme en los laureles y piensa en nuevos retos: ‘‘Desde luego, queda todavía mucho por hacer. Queda el tema de la violencia de género, que a pesar de la ley tiene muchas dificultades. Y luego queda algo que no podemos olvidar. Tenemos el compromiso y la responsabilidad de ayudar a las mujeres de otros países que están en la pobreza y también en la dependencia, especialmente en los países fundamentalistas’’.