Los alrededores portuarios de nuestra ciudad, cuando era joven, representaban un curioso páramo cochambroso dotado de esa bella fealdad industrial, oxidada y retorcida, parecido al de esas urbes americanas descritas por el escritor Barry Guifford, lugares como Biloxi, cerca de Nueva Orleans, donde tras una juerga en sus tugurios de bourbon y striptease podían secuestrarte para después darte sangriento matarile en un ritual satánico oficiado por narcotraficantes de origen mejicano.
En aquella época, trasladarte hacia el puerto suponía iniciar un viaje al fondo de la noche quizá aliñado por un toque sórdido. Cuando enfilabas la avenida del Puerto en dirección hacia el mar, al llegar al final, diseminadas en sus parcelas de asfalto, topabas con una legión de meretrices. Si girabas a la derecha encontrabas el continente africano con esas chicas engañadas a base de vudú de pacotilla; si escogías la ruta de la izquierda, entonces entrabas en los países del Este. La negritud a un lado y las pálidas al otro, con lo cual se establecía una frontera que no hacía caso de la frase esa de “united colors” de una marca de ropa. Casi todo lo que rodeaba nuestro puerto, cuando el sol se largaba y las tinieblas se apoderaban de la barriada, adquiría esa tonalidad parda propia del peligro, y todo parecía un tanto abandonado por la mano de Dios mientras los cocainómanos de postín acudían a ciertas plantas bajas para conseguir el alpiste que les taladraba el cerebro. De toda aquella fauna, de todo aquel aire descascarillado, poco o nada permanece ahora que el puerto y sus alrededores exhiben un nuevo rostro fresco y una musculatura robusta. Si algún día les cuento a mis sobrinos cómo era antes, y no hace mucho, esa zona de grúas alambicadas y solares con escombros, no me creerán.