inés molina
Nuria Basi comenzó a trabajar en la empresa de su padre, Armand Basi, con apenas diez años. “Bueno, trabajar es un decir. Mi padre no soportaba levantarse cuando teníamos vacaciones y vernos por casa sin hacer nada. Decía: “Hala, veniros al despacho”. Allí hacíamos pequeños trabajos de oficina y de otro tipo. ¡Yo he puesto más etiquetas y he metido más polos en bolsas que nadie!”. Se remonta la actual presidenta de Armand Basi a los años 60, cuando su padre y su tío habían firmado un acuerdo aún vigente con la firma Lacoste para fabricar y distribuir sus productos en España. “Una de las cosas que le agradeceré siempre a mi padre es que desde muy pequeños nos enseñó que había una cosa que era una empresa, que él la quería mucho y le dedicaba mucho tiempo y que era muy importante para nuestra familia. Que tenía mucho valor”.
Primeros pasos
Independiente y decidida, pronto decidió seguir sus propios pasos y apostó por la Biología. Quería ir a Estados Unidos al acabar la carrera, pero una beca en un centro de investigación se cruzó en su camino y aplazó sus planes. “Entré de becaria y por muchas circunstancias acabé dirigiendo un departamento”. No está cómoda hablando de sus logros y pasa por ellos rápida, de puntillas y bajando el tono. No acabó dirigiendo un departamento, acabó dirigiendo una empresa: “Una compañía que compró un grupo alemán, que montó una empresa fantástica y nos reconvirtió en centro de investigación, pero que en dos años quebró”. Gran parte de aquel equipo decidió entonces darle una nueva vida al proyecto: “Con la ingenuidad de los treinta y pocos años, pensamos que aquello podría funcionar”. Y funcionó. Claro que funcionó. Hoy el Centro de Investigación y Desarrollo Aplicado CIDASAL acaba de ser comprado por un grupo suizo. Atrás quedan las subastas, los despidos, las negociaciones, los problemas, el trabajo duro... “Al final yo estaba bastante cansada: había tenido una dedicación de 24 horas al día. Además, me coincidió con un problema de salud, con cuarenta y un años y pensé: “Tengo que replantearme la vida”. Era un poco un trabajo adicción pero era culpa mía. Yo no sé hacer las cosas a medias: no sirvo sólo para figurar”.
Había llegado el momento de retomar su viejo sueño de ir a Estados Unidos. “Tuve la suerte de encontrar un proyecto interesantísimo y me fui a Kansas City en el año 94, a hacer robots aplicados a procesos de investigación farmacológica. Estuve casi un año y me lo pasé...”. Recuerda riendo que “vivía como una reina. Ser asesora es fantástico: si ayudas a solventar un problema te pones una gran medalla; si no, dices: “oye, que yo no soy la Virgen de Lourdes...””.
Justo entonces recibió una llamada que volvió a cambiar su vida. Su familia le necesitaba porque un directivo se iba a retirar y querían que poco a poco volviera al negocio. “Me dijeron que aún no estaba en edad de jubilarme”, comenta riendo. “Tuve la posibilidad de ir entrando despacito, en dos años, analizando y tomando decisiones de forma pausada. Además, yo creía que no conocía la empresa, pero la conocía muy bien”.
Es difícil encontrar dos sectores más opuestos que el farmacéutico y el mundo de la moda, pero Nuria Basi desmonta tópicos de un plumazo. “Todo esto del glamour es muy relativo; luego, cuando te sientas, trabajas con papeles y con ordenadores. Aquí evalúo metros de tela, diseños o botones y antes, litros de etanol. La parte más importante es la de las relaciones con el personal y estos problemas son los mismos en todos los sitios”. Hombre, pero en un sector salvaba vidas y en el otro... “Desgraciadamente, no siempre se salvan vidas y aquí lo que haces es que la gente disfrute, que sea feliz comprándose algo que le haga ilusión o haga feliz a alguien regalándole algo. Independientemente del trabajo, hay que intentar ser feliz siempre”. Ella, desde luego, lo parece.