La moda pasa de largo en la pasarela fallera, y es que la tradición no admite nuevos aires en el vestido de valenciana que un año más lucirán miles de mujeres por las calles de la ciudad. La fallera no cede a la moda.
Los elementos ornamentales que se entreverán entre sus moños (naturales o postizos), podrán ser con baño de plata o de oro, pero todas y cada una de las falleras se hundirá entre sus cabellos las pintas, los
rascamonyos
y las agujas. Como colofón podrán entre sus peinados lacados la tradicional peineta.
El traje es, sin duda alguna, la pieza clave de este desfile. Desde lo que no se ve, hasta lo que más luce, el traje de valenciana es tradicional por excelencia. La fallera del siglo XXI podría deshojarse desde lo más íntimo hasta lo más vistoso sin perder su idiosincrasia.
De los pies a la cabeza, la valenciana custodia hasta el mínimo detalle. Calcetines, enaguas, cancán o pololo, entre los elementos más ocultos, hasta llegar al corpiño y a la falda que claman por los callejones de la capital del Turia y que caminan a conjunto de un calzado hecho a medida.
Ellos –en los desfiles siempre auxiliares de las auténticas protagonistas de la fiesta–, tampoco se obsequiarán este año con nuevos estilos. Los valencianos desfilaran un marzo más con el diseño tradicional de
torrentí
o
saragüell.
Tela de racó de pañete y pantalón por debajo de la rodilla para los primeros, y calzón y negrilla para los que opten por el traje tradicional que representa a los arroceros. Las gafas de sol –tras las que se esconden rostros agostados y resacosos los últimos días de pasarela–, serán la única licencia que se permitan y que den una pizca de modernidad al
llauraor
y al
torrentí
.
Al final del desfile elijan el modelo que más le guste y preparen el monedero. Aunque hay precios para todos los bolsillos.
Jesús Almenara, embellecerá a muchas de estas falleras ya que es propietario de uno de los negocios familiares de venta de complementos de valenciana más antiguos de Valencia,
La Tienda de las Ollas de Hierro
, ubicado en la calle Derechos, número 4. En el establecimiento se pueden encontrar desde mallas de pelo de todas las tonalidades, cortas y largas (desde 10 euros), hasta peinados ya confeccionados: las rodetes para colocar en los laterales (a 45 euros el par) y el topo (a 122 euros). El plato fuerte de los complementos del peinado es la peineta, que aunque todas están hechas de latón el acabado en plata o oro y el tratamiento del material, dan el toque de diferencia. A partir de 75 euros se pueden adquirir ya peinetas troqueladas, las cinceladas –que llevan un trabajo artístico más laborioso– fijan el precio de salida en los 135 euros.
Por otro lado, está el aderezo, cuyo precio oscila entre los 100 y los 500 euros. Las
arracades
y la
joia
son los complementos que más exaltan este conjunto. El cristal de la
joia
suele ser de color blanco, pero este año ha habido gran demanda para hacer conjugar su color con el del traje, según Almenara.
Un vestido que, por otro lado, no tiene precio, al menos fijo (y en algunas ocasiones conocido). Marisa Meseguer, dependienta de la tienda
La casa de los falleros
, situada en la calle Quevedo, número 6, asegura que el precio “depende del estilo, aunque el traje es clásico y no permite modas”. Las variaciones del precio de estas prendas vienen de la mano del tipo de tela y de los bordados, es decir, del trabajo casi artesanal. Pololos desde 60 euros, chambras desde 45, enaguas a 170 euros y calcetines a 80 euros. Ahora bien, el encaje no pasa desapercibido. La falda y el corpiño ya suben a los 800 euros, y de ahí para arriba. Este año se han vendido las telas color pistacho, verde y beis, asegura esta empleada. Los zapatos a juego con el traje se encuentran sobre los 90 euros. El traje de ellos es más económico: a partir de 200 euros se pueden encontrar vestidos de
torrentí
y de
saragüell
, eso sí, complementos a parte.
Con todo, la moda fallera es un mundo que no existe y, paradójicamente, es un mercado que mueve mucho dinero.