CRÍTICA DE teatro
El malo de la película
2006. España.
Director: Albert Pla y Judit Farrés.
Intérpretes: Albert Pla y Judit Farrés.
Hasta mañana en Teatre Micalet.
salvador domínguez
Hace unos días leí en estas mismas páginas un sólido artículo de Antonio Bar Cendón, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Valencia, que me produjo honda preocupación. Explicaba la politización de los órganos vitales de nuestra justicia, como el Consejo General del Poder Judicial, o El Tribunal Constitucional, entre otros, desvelando que el sistema judicial español no ofrece las garantías de independencia y ecuanimidad que la Constitución exige. Se lo dije a mi abogado y amigo personal, juez en excedencia, y me lo ratificó. Comentando posibles soluciones, este profesional del Derecho afirmó: “Lo que tendríamos que hacer es armarla todos para que esto se acabe”.
Este punto de vista queda ratificado en este montaje, pero a propósito del mangoneo en el negocio de la construcción, amén de otros asuntos de calibre. “Todos somos culpables”, dice Pla en el escenario. Y en efecto así puede que sea. Pla va más allá de la queja lastimera que tantos lanzan con razón, pero sin respuesta. Su espectáculo concluye con un pueblo levantado contra el asfaltado de sus bosques, que resulta machacado una vez más en la Historia por los órganos de poder y su brazo armado: el ejército.
Para llegar hasta aquí, este autor, actor y cantautor, se ha empapado de conocimientos cinematográficos, además de aprender a manejar las nuevas tecnologías, y ha creado un espectáculo, esta vez sí original, que integra todos estos saberes y los pone al servicio del teatro y el ser humano. Con unos medios modestos, mucho talento y espíritu crítico, Pla nos ofrece una obra esencialmente teatral, que integra el cine y las manipulaciones infográficas. Homenajea en su título a un clásico de las pantallas:
El malo de la película
, aquí representado por un abogadillo al servicio de una empresa constructora, que en su viaje hasta el lugar del crimen urbanístico, ve múltiples parajes y lo que ocurre en ellos, además de permitirle dar saltos geográficos e imaginativos, para exhibir la maldad en los sitios más conocidos o insólitos donde se manifiesta. Con un humor agudo y crítico, no exento de algún desbarre, Pla articula un trabajo que divierte y conmueve las conciencias, muy sólido escénicamente y con excelente interpretación. En un alarde de lucidez, lo epiloga con aquel “Gracias a la vida”, de Violeta Parra, que expresa las dos caras de este montaje y de nuestra existencia: la risa y el llanto.