Fue
Juan Ramón Jiménez
, si mal no recuerdo, quien dijo aquello de
No la toquéis más, que así es la rosa
. Pero nuestros diseñadores, salvo excepciones, no leen poesía. Y a menudo se empeñan en
tocar la rosa
, en recargar lo que hacen, innecesariamente. A algunos se les ha ido la mano, bien por el camino de un acartonado exotismo, o bien por la acumulación de elementos que, más que embellecer, ocultan y desmerecen el resultado final y, lo que es aún peor, desbaratan lo primero que debe exigirse a una colección: coherencia.
La tuvieron, en la primera parte de la Pasarela del Carmen (subsumida en la Semana, y cuya vigencia reivindica quien la fundó,
Mari Carmen Sendra
, que ha asistido a todos los desfiles); tuvieron esa deseable coherencia, digo, las excelentes propuestas de
Noelia Navarro, Alejandro Sáez de la Torre
y
Tonuca
. La ha tenido después la equilibrada colección de
Presen Rodríguez
, que tiene el buen gusto de proclamar sensatamente una
tercera vía de demir couture
, en la que se ha movido airosamente manejando con tino gasas flotantes, plisados soleil, líneas
H
muy bien interpretadas, y cerrando con un modelo encantador en guipur blanco, de cuello alto y suave aroma decimonónico.
La ha tenido también
Theo Garrido,
en una colección declaradamente afrancesada, tejiendo en torno a Line Rénaud –la que fue bellísima figura del espectáculo y la
chanson
– un entramado de vestidos y conjuntos superfemeninos, con versiones actualísimas del
smoking
e interesantes trabajos de espaldas.
Se les escapó bastante, en cambio, a
Álex Vidal,
que esta vez no alcanzó la redonda armonía de otras ocasiones, aunque fue muy convicente la serie en blanco y negro punteada en pata de gallo, de la que destacaría un magnífico conjunto, integrado por corta falda. Logró el punto más alto en su propio hijo,
Álex Vidal Jr
., autor de una moda masculina que, sin rozar la transgresión, es ejemplo vibrante de fino sentido contemporáneo.
El maestro
Juan Andrés Mompó
(que, a la manera de
Givenchy
, sale a saludar con su bata de trabajo, acerico en ristre) no aportó grandes novedades a un estilo ya consolidado, en el que siempre admira su tratamiento de planos superpuestos y texturas contrastadas. Deliciosas sus novias nada académicas.
De
Marta de Diego
vimos, tras la incogruente aparición de una especie de
bon sauvage
de guardarropía, una sucesión de modelos que, siguiendo las músicas de fondo –desde Gounod a Louis Armstrong– brindaron un muestrario de la más variopinto, bien realizado, desde luego. La industria peletera de Llombay se desenvolvió sin sonbresaltos, con una visión más ajustada a la moda en Gabriel Seguí, que resaltó en prendas patchwork, e impecables acolchados de napa negra. Y en la indumentaria predominantemente masculina de Miguel Suay, impregnada de ostentoso brillo, hubo al menos el hallazgo de una modelo novel, Tania, un descubrimiento hecho a pie de calle que puede tener buen futuro.