La Comunitat Valenciana, desde hace al menos un cuarto de siglo, es escenario de un “boom” urbanístico de proporciones enormes, en el que se combinan los efectos del turismo masivo, la inversión en tiempos de intereses bajos y el deseo de miles de europeos de instalarse en la orilla del Mediterráneo. Pero ¿cómo y cuándo comenzó todo? ¿Quién puso en marcha las primeras iniciativas y echó a rodar esa máquina, en apariencia imparable, sobre cuyas dimensiones y alcance debatimos cada día? En la provincia de Valencia, encontrar al pionero, lleva a señalar un nombre clave: Juan Granell Acosta. Y a través de los anuncios aparecidos en las páginas de LAS PROVINCIAS es posible seguir toda su aventura empresarial y el comienzo del desarrollo turístico de nuestra costa.
“A un pitillo de Valencia”, decía el anuncio, de notables proporciones, publicado en la página 11 de LAS PROVINCIAS del 3 de diciembre de 1966. No era el primero, ni fue el último: porque la iniciativa puesta en marcha por ese inteligente promotor iba acompañada de una intensa campaña de publicidad que durante años inundó los periódicos y las emisoras de radio valencianas. La inserción de referencia estaba destinada a dar a conocer, y en definitiva a vender, el edificio de apartamentos Copacabana, uno de los primeros que se levantaron en la playa de la Puebla de Farnals, una zona de la costa valenciana, al norte de la ciudad, que al principio asombró a los vecinos por su ausencia de alicientes y atractivos.
“Allí no hay nada, más que marjal”, decían unos. “Ni siquiera unos pocos pinos, solamente una playa”, terciaban los más escépticos. Pero el anuncio de Granell insistía: “Lo que se está fraguando”, decía la composición, en segundo plano, con esa inteligente ambigüedad de mensajes que tan bien manejan los publicistas. Y volvía a repetir: “A un pitillo de Valencia”. Porque en un tiempo donde fumar no estaba socialmente proscrito, Juan Granell encontró la fórmula ideal de vender apartamentos diciendo que era sumamente fácil, muy rápido, salir de trabajar y trasladarse a la casa situada frente al mar en muy pocos minutos: apenas en el escaso tiempo que cuesta fumarse un pitillo.
Todo eso era posible, claro está, porque se acababa de inaugurar el nuevo acceso de Barcelona a Valencia, una variante que arrancaba en Puzol y, circulando muy cerca de la costa, venía a morir en el Colegio del Pilar, donde seguía avanzando trabajosamente el llamado Paseo de Valencia al Mar. El acceso había supuesto al Estado la astronómica inversión ¡de 279 millones de pesetas! Y desde diciembre de 1965, aparte de facilitar la llegada de la circulación a Valencia, definía unas posibilidades turísticas que supo ver y aprovechar, antes que nadie, Juan Granell junto al alcalde de la Pobla.
“En pos de la fama”
Granell era extremeño pero había venido a Valencia muy pronto. Era un vendedor nato, un hombre inteligente y extrovertido, que se empleó en una céntrica agencia de publicidad y muy pronto usó sus dotes personales para trabajar en la radio con un concurso, “En pos de la fama”, que fue el primer antecedente de “Operación Triunfo”: docenas de artistas noveles competían entre sí, como el título del programa indica, “en pos de la fama”. Radio Valencia, que emitía el concurso, arrasaba en audiencia, los domingos, gracias a Juan Granell, que engordaba la cartera de publicidad de la casa y en verano llevaba a la plaza de toros su popular espectáculo de noveles.
Esa capacidad de arrastre, esa iniciativa y el valor personal del vendedor nato que Granell era, le llevó a poner en marcha su creación inmobiliaria playera. Porque las autoridades, que estaban empezando a ver las posibilidades del turismo en la costa valenciana, trazaban los primeros proyectos sobre el Saler y la Dehesa mientras Granell, mucho más práctico, apostó por el tramo de playa salvaje que se abría desde Sagunto a la Malvarrosa. Con el tiempo, otro promotor seguiría los pasos de Granell en Alboraia: fue Álvaro Noguera, que lanzó al mercado, en los setenta, la marina de Saplaya.
Juan Granell fue el primer empresario de urbanismo residencial en la costa, al menos en las inmediaciones de la ciudad de Valencia. Los que le recuerdan, señalan que alcanzó un buen nivel de vida y vivió en la Torre de Valencia, el notable edificio situado en la esquina de la Gran Vía con la orilla del Turia.
Han pasado algo más de 40 años desde la publicación del anuncio de referencia, en diciembre de 1966. Por aquellos días, en una España que estaba desarrollándose, se generaban ya ahorros como para seducir a algunas familias en el esfuerzo de una inversión en apartamentos o chalés en la montaña.
Para los otros, los veraneantes que buscaban pinos, la publicidad ofrecía la seducción de Monte Cañada: amplias parcelas abrían la posibilidad de construcción de viviendas unifamiliares en una urbanización con futuro. Para los que tenían un nivel de recursos un poco menor, los promotores urbanísticos que se aventuraban en el sector lanzaron una zona de expansión urbanística situada en las inmediaciones de la carretera de Valencia a Madrid. “!Qué felices somos en Perenchiza!”, decían unos anuncios que se veían obligados a explicar dónde demonios podría estar ese lugar. “Urbanización a 22 kilómetros de Valencia”, explicaba la publicidad a quienes, desde hacía poco tiempo, lucían en el barrio un flamante SEAT 600.