Domingo, 4 de febrero de 2007
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EDICIÓN IMPRESA

Valencia
Cuando las paredes hablan
Las calles de las ciudades están llenas de mensajes urbanos que permiten tomar el pulso a la sociedad
Las calles de las ciudades están llenas de mensajes urbanos que permiten tomar el pulso a la sociedad
Nunca una sociedad abierta ha sido más estanca, nunca la transparencia ha sido más opaca, nunca hemos estado más solos en medio de más cantidad de otros». La constatación de este rasgo tan poco feliz de los días que vivimos recorre Luz de farolas, un libro firmado por José Antonio Millán (editorial Melusina).

En este trabajo el autor presta su atención a aquellos que salen de madrugada y lanzan pasquines por las calles «o los pegan en las farolas, para que todo el mundo los vea”. Para encontrar el origen de estas ‘flores’ hay que remontarse veinticinco años, cuando el escritor se encontró, pegado a una farola, con un pasquín que le sorprendió tanto que lo arrancó y lo guardó. Desde ese día comenzó a fijarse en esas singulares comunicaciones e inició una colección aún inconclusa.

Guardar los mensajes
Eso sí, con el paso del tiempo, su forma de recopilar mensajes ha cambiado: ahora no los corta si no que los fotografía con una cámara digital. “Así los dejo en su sitio para que cumplan la misión que les asignó su creador, por más extraña que pueda parecerme…”, explica. Sin duda, ese modo de trabajo parece mucho más respetuoso con estas creaciones. Millán, convencido de que este género florece sobre todo en las grandes ciudades, ha callejeado sin rumbo por ciudades como Madrid o Barcelona fijándose en cabinas, señales, farolas, paredes… y esos paseos han resultado extraordinariamente fértiles. Además de ser a la postre una efectiva forma de tomar el pulso a la sociedad y a sus soledades, este libro arranca la sonrisa o directamente la carcajada a quien lo lee.

Pero no es la alucinante cartelería lo único en lo que radica la humorística de Flor de farola sino que también descansa en los comentarios del autor. José Antonio Millán es lingüista, traductor, editor, forma parte del comité ejecutivo del Instituto Español de Historia del Libro y Lectura y también pertenece al consejo científico de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Bien, pues este estudioso de las letras pone todos sus conocimientos al servicio de carteles – sobre todo algunos– en la antípoda de la poesía.

Analizar con precisión gramatical y sentido literario algunas frases recogidas en este libro resulta cómico y recuerda las técnicas de conocidos escritores que a menudo recurren a un lenguaje demasiado elevado para retratar las acciones –nada heroicas– de sus personajes. Millán justifica el empleo de esos sesudos y bien fundamentados análisis en la convicción de que él asume esos carteles como auténticas creaciones.

Defiende que se les apliquen las mismas tácticas que uno usa para desentrañar, por ejemplo, un poema. “El pintor Jean Dubuffet creó el movimiento art brut, que prestaba gran atención a las creaciones de los niños, o de los personajes marginales...” “Y decía –añade– que todos somos pintores, que pintar es como hablar o andar”.

Catálogo de soledades
Pero a pesar de la comicidad reseñada, estos carteles ponen de manifiesto las terribles carencias afectivas que tienen algunas personas y revelan los problemas del alma humana. “Es el caso, por ejemplo, de un joven que pega cartelitos en las cabinas pidiendo un poco de amor”, repasa. “Otros expresan carencias materiales, como el viudo que pone en venta todas sus pertenencias; una venta pública en la que el autor conserva toda su dignidad». Sin duda, este mensaje, desolador, no genera ningún tipo de sonrisa.

Respecto a las inquietudes que dominan la cartelería, Millán asegura que en el mejor de los casos son denuncias, por agravios reales o figurados.

“Pero en otros casos lo más chocante es que no se sabe el propósito del cartel, de esa pieza mecanografiada o manuscrita o incluso llevada a una imprenta para su reproducción. Sabemos que alguien se ha tomado la molestia de confeccionarlo, pegarlos por distintos lugares de la ciudad pero ¿para qué? Eso queda en el misterio...”

Tal vez por fortuna –nadie es un héroe para quien lo conoce, ya se sabe– Millán no ha visto jamás a ninguno de los artífices o perpetradores de esos mensajes.

“Alguna vez he tenido la tentación de acercarme más a su creadores, bien a través de incorporarlos como personaje de un cuento, o bien fotografiando tipos urbanos: tengo una bonita galería de candidatos a haber hecho alguno de estos carteles. Pero han sido puros ejercicios de ficción”, confiesa.

 
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