Así nos describe el evangelista Lucas lo ocurrido a Pedro en su barca la noche antes de que Jesús le invitase a adentrarse en el mar y echar las redes para pescar. La decepción de un profesional de la pesca provocó en Pedro cierta resistencia a obedecer al Maestro que le invita a volver a su tarea. Pedro quiere justificar su próximo fracaso advirtiendo a Jesús que esa zona no ofrece posibilidad de captura, pero ya que lo dice el Señor, su Maestro, él lanzará las redes.
La sorpresa es inmensa como enorme fue también la captura conseguida. Pedro se siente humillado ante su Señor, autor del hecho admirable que se ha convertido en una lección de confianza y obediencia. El se sabía fracasado por haber pasado la noche bregando sin haber capturado ni una sola pieza; pero ahora se siente más humillado ante el abundante regalo que le ha hecho el Señor por haber lanzado las redes sin fiarse del Maestro. Diríamos que Jesús premia con holgura la obediencia a regañadientes de Pedro.
Quería el Maestro enseñar a Pedro que su tarea como discípulo y apóstol del Señor no debía apoyarse en sus conocimientos y posibilidades, sino en la misión que El le ordena. Toda la noche bregando y deseando alcanzar un resultado que según el conocimiento de un hábil pescador tiene que ser al menos suficiente contrarresta la actuación de este mismo pescador que echa las redes sólo porque Jesús se lo pide. Esta actitud de humildad que facilita la obediencia trae consigo el premio del trabajo bien hecho.
¡Cuánta esterilidad en nuestro obrar cuando lo desconectamos de esa energía con la que el Espíritu de Dios alienta nuestras decisiones! Ponemos toda el alma en aquello que consideramos nuestro y nos olvidamos que es la fuerza divina quien garantiza la eficacia de nuestro esfuerzo. La lección de la noche en blanco de un pescador en el lago de Galilea nos enseña a aprender de los fracasos que quizás nos faltó conectarlos con la energía divina: revisar bien si esa tarea buscaba sólo la rentabilidad personal o era más bien el cumplimiento del proyecto divino de nuestra existencia.
A pesar de reconocer nuestra incapacidad para realizar todas las tareas que Dios nos ha asignado, e incluso sintiendo el rechazo ante esa invitación divina a obrar, deberíamos aprender que nunca fallaremos si aceptamos la propuesta divina como la misión que se nos ha confiado. El Señor estará siempre con nosotros, incluso en los momentos más difíciles.
La presencia de Dios en la barca de Pedro hace el milagro de llenar la barca vacía a pesar de haber bregado toda la noche; hoy podemos volver a sentir esos milagros de cada día si somos capaces de poner a Dios en nuestras vidas: de repente lo baldío da fruto, y nuestras vidas vacías recobran esperanza y plenitud.