Conocida de los lectores es la maraña de litigios que acarrearon siempre determinados géneros de consumo y la montaña de ordenanzas, leyes y premáticas que en todo tiempo ocasionó su comercialización.
Productos como la nieve, la sal, el carbón; alimentos como los cereales y gramíneas, la harina, las frutas, la carne, el pescado, o bebidas como el vino mantuvieron en perpetuo alerta a los adjudicatarios de los correspondientes asentamientos frente al poder legislador de las autoridades.
Un vistazo a la documentación (actas de los concejos, ordenanzas municipales, cartas, órdenes, acuerdos…) nos sitúa enseguida en la cancha donde se libra la partida diaria del sobrevivir y donde entran en juego múltiples conflictos surgidos a diario y
que constituyen la intrahistoria para una villa/ciudad como Gandia.
Ha querido hoy el calendario recordarnos uno de esos pulsos urbanos sostenidos entre un sector activo, como era el de los carniceros, y la autoridad municipal.
En efecto, un 27 de enero de 1304 –¡ha llovido!– el rey (Jaime II, el Justo) dilucidaba mediante documento escrito la ya vieja cuestión de a quién correspondía fijar el precio de los productos, si a los que los preparaban y vendían o a la autoridad (Jurados).
Y es que, humillados en carne y hueso los Jurados de la villa ante los privilegios que iban obteniendo de sucesivos reyes los carniceros (tanto matarifes como expendedores) para regular a su criterio el precio de la carne, tuvieron que recurrir al propio Rey, quien arbitró justicia inclinando el
platillo de la balanza a favor de los Jurados.
El hecho de traer para mis comentarios noticias de esta índole pudiera inducir a pensar que trato de glorificar en exceso lo que no pasa de ser un
hecho rutinario, de pura cotidianeidad urbana, mil y mil veces repetido a lo largo de la historia.
Te diré, lector, que también las cosas humildes tienen su primor y encanto y ni siquiera su machacona y
secular repetición les quita frescura.
Vistas desde la distancia se nos antojan verdaderas crónicas, crónicas vivas –de carne y hueso en este caso–; crónicas menores, claro está, como son, al fin y al cabo, estos humildes artículos míos.