Sábado, 20 de enero de 2007
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EDICIÓN IMPRESA

Valencia
Cuéntame
JOSÉ JAVIER ESPARZA

La serie más fuerte de TVE 1, Cuéntame cómo pasó, que lleva en pantalla desde el año 2001, perdió esta semana casi dos millones de espectadores y se quedó con una cuota de pantalla del 16,2%, que para un producto líder como este es un descalabro monumental. ¿Qué ocurrió? ¿De repente la serie ha perdido el respaldo del público? No: lo que ocurrió es que lo que vimos el jueves no era propiamente la serie, sino un reportaje con las hechuras de un “cómo se hizo”, es decir, algo que el espectador no esperaba. Podemos suponer que el programador se hizo la siguiente reflexión: si hay tanta gente a la que le gusta Cuéntame, y eso es así desde hace tanto tiempo, necesariamente tendrá que gustarles también que les expliquemos cómo se hace, cómo son los decorados, quién dibuja los escenarios, cómo es la vida de los actores que encarnan a los protagonistas. Pero eso es una presunción bastante precipitada.

A la gente le gustan las historias, no forzosamente la tramoya. Si uno va a ver una función, querrá asistir a una representación, no que el director de escena la sustituya por una visita entre bastidores. Esto de la visita está muy bien para las excursiones escolares, y sin duda es interesante saber cómo se fabrican las cosas, pero ni eso es lo que tocaba a esa hora, ni se trata tampoco de uno de esos descubrimientos que arrebatan a las multitudes.

Puestos a conocer interioridades, resulta mucho más atractivo conocer otro tipo de cosas, qué sé yo, que Ana Duato tiene un carácter inaguantable o que Imanol Arias en realidad es barbilampiño, por poner dos ejemplos absurdos (¿no?). Cuando el pueblo acudía a palacio para contemplar las grandes fiestas del Rey Sol, quizá le interesaría conocer el color de la ropa interior de Colbert o el último cotilleo sobre los amoríos regios, pero se le daría una higa saber quién ingenió los juegos de agua, o el nombre del jardinero jefe. Naturalmente, siempre podrá decirse que, dado el éxito de la serie, es de justicia poner delante de la cámara a quienes habitualmente están detrás, porque su trabajo es decisivo. Todo eso es verdad, pero ¿qué tiene que ver la televisión con la justicia?

La recompensa es la fidelidad de su público. Todo lo demás forma parte de ese mundo que siempre queda invisible, como el nombre del señor que ha maquetado esta página o del jefe de taller que ha vigilado la impresión de este periódico. Cuando lo que está detrás de la cámara pasa a estar delante, los que están delante de la pantalla escapan. Así es la vida.

EL INVENTO DEL MALIGNO

 
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