El futuro citrícola estará absolutamente liderado, al menos en cuanto a las cifras, por la producción de China, y esto está estrechamente relacionado con las causas de la debacle del sector en España y la necesidad de su corrección sin excusas.
De no atajarse el problema de fondo, que no es el del manoseado minifundio –si tan sólo se alcanzara la falsa solución de eliminar el exceso de producción–, la cristalización de la potencialidad china colocaría de nuevo sobre el tapete las lacras actuales: el descontrol de la calidad en la UE, la falsificación de demasiadas organizaciones de productores y la práctica de una usura condenable, cuya expresión más negra es el ‘ir a resultas’, perfectamente corregibles desde una política comercial, practicada por cierto por Estados Unidos y nada menos que desde 1930, cuando legisló sobre la materia.
La grandeza de la citricultura valenciana, y desde hace años, por extensión temporal y geográfica, de la española, se evidencia con la imitación de unos y la consideración de otros. China, a fin de cuentas, se encuentra, desde su gigantismo imparable, en las coordenadas existentes en nuestro país en tiempos pasados. Pero si el impulso del cultivo se debió en gran parte del siglo XX a la voluntad del agricultor valenciano en alcanzar su propia herramienta de trabajo y al prestigio social proporcionado por el huerto de naranjos a su propietario, con muy escaso interés de los políticos de turno, la política china ha sido la determinante de una imparable proyección.
Cierto que existe un refrán chino que expresa: “el naranjo proporciona felicidad a su amo”, pero en dicho país se ha facilitado la financiación y la técnica a cooperativas, así como a sociedades mercantiles y a empresas comerciales, apartándose desde hace tiempo de superadas acciones colectivas. Si tenemos en cuenta que en 1991 se producía tan sólo con el bajo promedio de 5.500 kilogramos por hectárea (alrededor de 460 kg por hanegada), se entiende el crecimiento que en 2001 se tradujo en el promedio de 9.200 kilos por hectárea, cifra que en el plazo de pocos años se multiplicará por más de dos. Ahora bien, el modesto crecimiento de 8.000 hectáreas por año se ha situado recientemente en 100.000 hectáreas anuales. Al mismo tiempo han prevalecido criterios de productividad y calidad, alejándose de políticas sociales de fomentar el cultivo en las áreas agrícolas más deprimidas.
Está claro que el fervor productor está más que asegurado teniendo en cuenta que las áreas rurales se ven superadas en su renta per cápita por las urbanas en el 267%. Sin más rodeos, dado el viraje sostenido a la calidad y las variedades más comerciales, tanto en las nuevas superficies como en sus concretas y abundantes reconversiones varietales, ¿cómo llegarán a repercutir sus programadas exportaciones a todo el mundo en el futuro relativamente cercano? La contestación no es otra que todo depende de nosotros y mucho menos de los mercaderes de Bruselas, pues contamos con profesionales del comercio, variedades muy prestigiadas y, especialmente, con renta de situación respecto a nuestro propio mercado de la Unión Europea, el principal mercado del mundo, que hemos convertido, en parte y temporalmente, en el basurero de la naranja.