Lo contaba uno de los dueños de una de las principales empresas de exportación naranjera. ‘‘Hace años –decía–, cuando las cosas eran bien distintas, nuestras marcas gozaban de un reconocido prestigio en los mercados donde vendíamos; nuestros clientes las demandaban, como también las de otros colegas que cuidaban el proceso, y en las subastas siempre sacábamos unos precios que marcaban las diferencias’’.
Aquellos pequeños sobreprecios sobre las calidades más standard o mediocres eran abonados con gusto y reconocimiento por los importadores profesionales, porque, a su vez, sabían que sus clientes pagaban con satisfacción por lo mejor.
Y en sentido contrario ocurría lo mismo. Como los exportadores
marquistas
obtenían mejores precios, podían exigir más en el campo, rebuscaban hasta encontrar lo mejor, y cuando lo encontraban, lo pagaban de forma distinguida, porque sólo así contarían con género que justificara la razón de ser de sus marcas diferenciadas y sólo así podrían disponer en el futuro de un suministro garantizado de materia prima con la calidad deseada. Únicamente un productor remunerado y reconocido se siente estimulado para seguir en esa línea que alimenta a toda la cadena.
Pero hoy las cosas son bien distintas. Apenas queda un puñado de
marquistas
como aquellos, que siguen operando de igual forma, pero para un porcentaje muy minoritario de la producción, porque también se ha reducido el número de importadores, asentadores, fruterías especializadas y consumidores que saben distinguir y elegir lo mejor y están dispuestos a pagarlo. La mayoría ha sucumbido ante los embates de la globalización, que implica también estandarización y vulgarización.
Las grandes cadenas de establecimientos que centran hoy mayoritariamente las ventas no entienden de marcas ajenas, tienen las suyas, y sobre todo imponen la rentabilidad del metro cuadrado, lo que implica apretar en el precio. Y si se empieza por ahí, todo se va destruyendo.
El viejo sistema ha sucumbido y el mercado se ha pervertido. Nuestro exportador del principio puede intentar mantener su seriedad comercial, pero ya no tiene el reconocimiento de su marca, porque ha de ir a parar a la nueva cadena, donde no le pagan lo que vale lo selecto, y el tampoco puede buscarlo ni pagarlo. Por tanto, da igual una cosa que otra, y hasta los
marquistas
que quedan tienen ahora problemas para encontrar lo que necesitan. El mercado está destrozado. Sobra de todo, pero falta de lo mejor.
campo a través