Obra: Duty Free.
España. 2006. Comedia.
Texto: Marc Rosich.
Director: Antonio Calvo García.
Intérpretes: G. Sirvent, P. del Rey, I. Gisbert, D. Faraco, G. Stuyck.
Teatro Talía hasta el 28 de enero.
Jácara es una compañía alicantina que cumple ahora los 25 años de existencia. Su último espectáculo, Duty Free, oculta bajo su título un juego de conceptos no muy bien reflejado en esta expresión, con la que se nombra las tiendas libres de impuestos de los aeropuertos. Una metáfora, en fin, sobre la verdadera libertad en un mundo mercantilizado y globalizado.
La vida de los cinco personajes de esta obra, miembros de la tripulación de un avión, está muy emparentada con esta supuesta libertad. Volar de ciudad en ciudad, de hotel a hotel, de amante a amante. Pero privados del verdadero sentido de viajar, de tener un hogar, de disfrutar un verdadero amor. Son seres despersonalizados, piezas codificadas de una multinacional, en un mundo tan anónimo como la cadena de hoteles donde se hospedan, idénticos en París o Estambul.
Con esta base crítica, verdadera, arranca una comedia que tenía todas las de ganar. Sólo faltaba crear su estructura, su entramado de acciones, el enredo propicio, el brillo verbal, el perfil y autenticidad de sus personajes, y conjugar este artilugio teatral componiendo un todo unido y bien cerrado.
Y es aquí donde el asunto se queda en lo que pudo ser. Los elementos del guiso están bien definidos, pero su cocción no cuaja. La presentación escénica es colorista, “naif”, y se sitúa en una anónima pero alegre habitación de hotel. Sin embargo, el texto se va por mil vericuetos, establece sobradas relaciones profesionales y afectivas entre los personajes, indaga en sus biografías íntimas, aborda el tema del marketing, salta sin orden sobre múltiples asuntos, no luce en los diálogos, y acaba en un batiburrillo deshilachado.
Tampoco la dirección ayuda a centrar el asunto, aunque aspectos como la iluminación estén bien trabajados. Las escenas brincan, el enredo no se consuma, y los cuadros musicales, no siempre afinados, se introducen a veces con calzador. La interpretación se basa en estereotipos, no en personajes vivos. Se imitan las conductas en lugar de crearlas, y queda muy patente que varios actores están forzados en sus personajes. Una lástima de comedia con espíritu agridulce que, no obstante, gustará a los más transigentes.