Domingo, 14 de enero de 2007
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Valencia
Pablo Llorens
Hijo de un pintor y una escultora, el director de cine de animación descubrió desde la cuna la pasión por crear, aunque él optó por la plastilina
Hijo de un pintor y una escultora, el director de cine de animación descubrió desde la cuna la pasión por crear, aunque él optó por la plastilina
Para el pequeño Pablo Llorens las mejores películas eran las de Metro Goldwyn Mayer. No es por desmerecer a los demás estudios cinematográficos pero sólo la Metro tenía un león que al rugir hechizaba al valenciano y le impulsaba a ser director de cine.

Y es que el niño tenía que ser artista. Lo dictaba el felino y venía escrito en sus genes: de padre pintor y de madre escultora, la creatividad llenó la infancia de Pablo. “Mi niñez fue feliz, con unos padres muy libres y comprensivos”. Mientras los demás niños se dedicaban a hacer travesuras, el pequeño director hacía arte. “Me gustaba el bricolaje. Entraba al estudio de mi padre, cogía pegamento, material, alguna herramienta y construía mis juguetes”. Y claro, si se manchaba la ropa de ese día no pasaba nada, porque la mamá hacía lo mismo moldeando cuerpos para sus esculturas.

El Madelman astronauta, el piloto, el explorador, el africano... fueron sus mejores compañeros de juegos durante la niñez. El trabajo de sus padres obligaba a la familia a ir saltando de ciudad en ciudad, así que la vida lectiva de Pablo salió a colegio por curso. Una pregunta fácil: ¿Seguro que son capaces de adivinar es qué asignatura, Llorens fue alumno de matrícula de honor?. “Plástica. En dibujo podía dar rienda suelta a las ideas que pensaba. Era una forma más de crear”, explica.

Entre los juguetes que creaba y las ideas que dibujaba, los Madelman de Pablo eran los mejor equipados del mercado. “Me llamaba mucho la atención todos los minúsculos detalles que traían, como las pistolas o los mando control. La verdad es que tiene sentido porque ahora trabajo con cosas pequeñas”, argumenta el director.

Una vez constatado que Pablo era un artista con las manos, fue la facultad de Bellas Artes la que dirigió su carrera hacía las plastilina. “Antes hacía mis cortos para la familia y para los primos. Durante la carrera me puse como meta alcanzar un nivel de calidad y empecé a leer, a documentarme”.

Con dos Goyas
Con la idea de ser el mejor, Pablo, al mismo tiempo que estudiaba, aprovechaba las vacaciones escolares para trabajar en cortometrajes. “Jamás he pensado dedicarme a otra cosa. Cuando algo te sale bien y eres capaz de poner en el empeño todas la moléculas de tu cuerpo, para qué cambiar”, comenta el creador valenciano.

Lleva toda la razón, y a los premios nos remitimos porque no le ha ido nada mal. Dos de sus cortos de animación plástica; Caracol, col, col y El enigma del chico croqueta fueron galardonados con sendos premios Goya.

“Me gustaría no trabajar tanto”, admite. Desde su factoría, Potens Plastianimation, este valenciano controla al milímetro sus creaciones. “Cuando trabajo para una agencia de publicidad tengo ayuda externa y me ciño a la coordinación pero de mis cortos soy amo y señor”. Pablo es el guionista, director, realizador, moldeador de personajes, decorados... Un trabajo absorbente que disfruta porque al mismo tiempo es, junto con dormir, uno de sus hobby.

Dice el director de cine de animación que cuando no tiene las manos en la masa le gusta dormir, ir al cine, o estar en casa leyendo cómics o visionando DVD. “Es una forma de aumentar mi archivo de ideas. Un tema puede salir de cualquier cosa. En ocasiones voy por la calle, veo algo que me gusta, me quedo con la idea y tirando de un hilito fino al final puede salir un gran proyecto”.

Vamos que esté donde esté y haga lo que haga Pablo Llorens está maquinando la forma de plastificar la imagen que está frente a él.

En estos momentos el director tiene dos trabajos entres manos y nunca mejor dicho. El primer proyecto es Chokopulpitos . Un corto en la línea de la factoría Potens Plastianimation en el que Pablo es el encargado de fabricar los muñecos y los decorados.

La maldición del hombre triángulo es el segundo corto en el que Llorens une con maestría imágenes reales con muñecos de plastilina. La experiencia, según el artista, ha sido satisfactoria y podría repetirse en breve pero sumándole unos cuantos minutos más, para convertir la cinta en un largo.

 
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