Domingo, 14 de enero de 2007
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Valencia
Granotas
Soy de los que piensan que el Levante es un equipo literario, y eso que sus dirigentes lo son muy poco. Pero es que, por lo general, los dirigentes de los equipos de fútbol son personas muy prácticas y habitualmente ricas: personas del mundo inmobiliario, de los negocios y las inversiones.

Y no es tan fácil dedicarse a la cuenta de resultados y, a la vez, dejarse llevar por el fluir de la literatura. Aunque de todo habrá, sin duda. Tal vez en Buenos Aires existan directivos que leen a Borges… Desde luego hay entrenadores y futbolistas argentinos que hablan con una solvencia admirable, como tantos inmigrantes del Río de la Plata que viven ahora en España.

Y que demuestran vivamente el cariño por el idioma que existe en Hispano América. Lo que pone de relieve el estrepitoso fracaso de los responsables de la educación en España, ya desde luengos años. Mas, volvamos al Levante Unión Deportiva. Yo creo que ese equipo es literario por varias razones. Una de ellas, porque es muy antiguo y porque ha tenido una vida áspera, de largas penas y de escasas venturas.

Un club que cambió de nombre tres veces, de indumentaria otras tantas, y que siempre anduvo en la zona fronteriza entre la ciudad y el campo, la ciudad y el mar, la ciudad y el olvido.

Pero tal vez lo más literario del Levante sea su condición un tanto fantasmagórica. La de ser, a su pesar, el más secreto de todos los clubs de primera división. Y ello porque si el Levante ya es poco visible en Valencia excepto para sus aficionados, ¿qué sabrán de él en Vigo o en Santander; en Pamplona o en Huelva? Pues tendrán, como mucho, la imagen de una extrañeza. La de un club de Valencia que no es el Valencia y que viste como el Barcelona.

La de un club cuyo estadio tiene un nombre invisible (en las emisoras nacionales hablan casi siempre del campo del Levante, pocas veces del Ciudad de Valencia) y unos jugadores desconocidos.

Porque en el equipo suelen militar futbolistas trotamundos, de los que cambian de club cada temporada: gentes del Cono Sur, de los remotos Balcanes, de los países del Sahel africano, y quien sabe si pronto contará con delanteros armenios, defensas somalíes, centrocampistas libaneses… Y luego se van estos hombres a otro club, a otra ciudad, a otra vida opaca, y nadie se acuerda de ellos.

El Levante también es literario porque tuvo futbolistas de leyenda y algunos nada más que por el apodo, lo que no deja de ser prodigioso. Como aquel Pastelito Díaz, americano, que apareció en los últimos años setenta, y cuyo nombre era pronunciado con una gracia muy especial por Paco Gandía, veterano locutor, y luego concejal socialista. Otro jugador mítico fue Caszely, el chileno, excelente delantero, y no puedo olvidarme de la estrafalaria etapa de Johan Cruyff en el club granota, en Segunda División: algo inexplicable.

El Levante, además, no es la alternativa del Valencia C.F., como sucede en otras ciudades españolas donde tradicionalmente hay dos equipos en primera.

Y ello porque el Levante solo ha jugado cuatro años en la división de honor y los de Mestalla llevan setenta temporadas. Mas, tal vez a partir de ahora el club pueda sostenerse en primera, con suerte y sosiego. Y de este modo el Levante dejará de pertenecer a la literatura fantástica para incorporarse a la narración realista. La que se alcanza a base de meter goles. Y de no encajarlos

 
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