Estamos presenciando la Olimpiada del Desacuerdo. Se convocan marchas, pero no quieren marchar juntos, ya que prefieren acusarse mutuamente de ir con el paso cambiado. Se discuten las palabras de los lemas que deben figurar en las pancartas, asunto que tiene mucha tela marinera, pero no se lee el cuaderno de bitácora.
El que ha hecho un diagnóstico más certero de la situación ha sido Juan José Ibarretxe: “Los políticos no hemos estado a la altura de las circunstancias”, ha dicho. Sin embargo ha omitido aclarar si eso se debe a que las circunstancias están muy altas o a que ellos no dan la talla.
Podrían irnos bien las cosas de no ser por los empecinamientos, las incomprensiones y la laboriosa resurrección del odio. Todo podría irnos si no a las mil maravillas, a las quinientas, que son bastantes. La inflación ha acabado el año en el 2,7, que se considera el mejor cierre de la legislatura, y los salarios, aunque no lo parezca, ganaron medio punto de poder adquisitivo. Los bares, los restaurantes y los estadios están llenos, aunque quizá los llenen siempre los mismos.
España dista mucho de ser un país triste. Somos unos multiétnicos propensos a la diversión pase lo que pase, aunque no acabe de pasar. ¿Cómo podría ser todo si nos
entendiésemos un poco mejor? Una buena medida sería ponerles un motor fuera borda a todas las escobas para dificultar la caza de brujas y ayudarlas en su huida.
La felicidad colectiva sigue siendo “un imposible necesario” y en eso se parece muchísimo a la individual, pero hay pueblos y personas que se empeñan en buscarla donde no está. Lo sensato sería tener las manos libres para atraparla, en la pequeña proporción que nos sea dada, por supuesto, y eso no puede hacerse si las tenemos a todas horas llevando una pancarta.